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Instantes de olvido

Franco Lolli reseña la película turca dirigida por Yesim Ustaoglu, La caja de pandora

2010/03/15

Por Franco Lolli

El jurado del festival de San Sebastián 2008, presidido por el director estadounidense Jonathan Demme, otorgó la concha de oro al filme turco La caja de Pandora, de Yesim Ustaoglu. Gracias a su extraordinaria interpretación de una mujer con alzheimer, la francesa Tsilla Chelton, de 91 años, recibió la concha de plata a la mejor actriz por la misma película. Aunque entonces ambas distinciones provocaron reacciones encontradas, hoy constituyen sobre todo otra prueba de la vitalidad del cine turco contemporáneo, que, en estos últimos años, ha sido reconocido en todos los grandes festivales, principalmente a través de las obras de Nuri Bilge Ceylan y Fatih Akin.

Tres hermanos (dos mujeres y un hombre) reciben una noche una llamada en la que se les informa que su vieja madre ha desaparecido. A pesar de sus diferencias, deciden partir juntos a buscarla en la montaña. Pero cuando finalmente la encuentran, se enteran de que sufre alzheimer, por lo que se ven obligados a llevarla con ellos a Istanbul. Sin embargo, demasiado ocupados en resolver sus problemas personales, ninguno logra encargarse bien de la anciana, y ésta termina por fugarse de nuevo hacia su casa en el campo, acompañada por su rebelde nieto post-adolescente. A partir de esta historia simple, intimista y sin demasiadas pretensiones, La caja de Pandora logra conmover, y hace reflexionar sobre la manera como tratamos a nuestros viejos y sobre el significado que le damos a nuestra libertad. 

Pero el principal interés de la cinta no se sitúa en lo que cuenta; más bien en lo que, del mundo real, hace aparecer durante las escenas y entre las escenas. En La caja de Pandora es más importante el momento filmado que lo que debe contar ese momento, y muchas veces son los pequeños detalles alrededor de la historia los que construyen la dramaturgia. Un niño que pasa en un carro de balineras al fondo del plano, un grupo de camioneros que se emborracha en la mesa contigua a la de los personajes, o la lluvia que cae sobre la autopista se vuelven a menudo más importantes que los verdaderos protagonistas del drama. Así, la película termina encontrando su sentido más en la densidad del mundo que propone que en el camino narrativo previamente trazado por un guión por momentos convencional.

Cuando, en cambio, las escenas presentan los conflictos entre los personajes de manera demasiado frontal, o la cámara se acerca en exceso a los rostros en crisis, el filme suena falso, como si se estuviera teatralizando una realidad que no aprecia que la transformen demasiado. Por eso los grandes momentos de esta película son los pequeños momentos de la vida de sus personajes; por ejemplo, el robo de electricidad que perpetra el tío vagabundo, las orinadas en público de la anciana, y el clímax: la limpieza que hace el joven de las pantaletas cagadas de su abuela. 

Cabe anotar, en el mismo sentido, que la utilización banal de la música extradiegética no sólo no compensa la lentitud innecesaria de la cinta, sino que produce el efecto inverso, al distanciar al espectador del universo crudo y seco que se le había propuesto desde el inicio. Curiosamente, de un problema de ritmo similar adolecen varias películas de Nuri Bilge Ceylan, que, aunque comparte con Ustaoglu el interés por la sublimación de lo cotidiano y la fascinación por los paisajes rurales y urbanos, no posee el sentido del humor que sí tiene la directora y que, afortunadamente, le impide caer en el formalismo excesivo de su compatriota.

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