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Underground: el fanatismo japonés

Jaime Arracó Montoliu reseña 'Underground' de Haruki Murakami

2015/03/02

Por Jaime Arracó Montoliu

Corría el año 1995 cuando varios militantes de la secta budista Aum realizaron un atentado con gas sarín en cinco puntos de la laberíntica construcción del metro de Tokio. Murieron doce personas y otras sufrieron consecuencias que aún hoy les dificultan llevar una vida normal.

Haruki Murakami, famoso por sus largas novelas onírico-fantásticas, se enfrascó en una investigación periodística al regresar a vivir a Japón a finales de los noventa. Sintiéndose muy afectado por el acontecimiento, el japonés dedicó un año a la búsqueda de supervivientes y a realizar una serie de entrevistas con las que no solo quería narrar los hechos sino descubrir la psique japonesa.

Underground, el atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa es el resultado de la más de media centena de encuentros que el novelista tuvo con víctimas de los crímenes. Sobre el trabajo original del japonés, hay un anexo que muestra la historia desde la parte opuesta, la de los ejecutores de una verdad sesgada y radical.

Murakami se limita a presentar a los verdaderos autores del libro: usuarios del transporte público tokiota ese fatídico 20 de marzo de hace 20 años. La mayoría de los testimonios son turbadores y extrañamente curiosos para el pensamiento occidental: la individualidad de los protagonistas en la urgencia del desastre, la incapacidad de salirse de sus labores preestablecidas, la incredulidad de sufrir un ataque de estas características en su propia casa y la resignación final ante lo acontecido que no permite condenar a los terroristas. Cada entrevista es reflexiva y objetiva: más que mostrar una pintura ficcional de la tragedia, el escritor les concede un lienzo en blanco a los protagonistas y una perspectiva de múltiples sensaciones a los lectores. El libro construye un universo que va apareciendo conforme se pisa cada lugar de los hechos donde las vidas de los implicados se entrelazan. El autor presenta a los entrevistados sin tomar parte en el asunto. Muchas de las explicaciones de las víctimas dejan pasmado al lector: la idiosincrasia japonesa se pone de manifiesto durante las horas posteriores a la emergencia, en la calle, en los hospitales y en la televisión. Santo Tomás hizo famosa la frase: si no lo veo, no lo creo. Así reaccionaron los ciudadanos no afectados por el acto terrorista y de terror, ante las víctimas que no demostraban ningún síntoma demasiado llamativo tras la inhalación del gas sarín.

Es en la segunda parte, “El lugar que nos prometieron”, donde el novelista nipón es más incisivo con los entrevistados, demostrando su preocupación por desentrañar los motivos del atentado. Ninguno de los interrogados seguidores de Aum participó en el golpe; sin embargo, podían intuir que algo grave iba a suceder. La filosofía del grupúsculo sectario resulta incluso atractiva en boca de estos afiliados que abandonaron su vida y sus familias para perseguir la razón única que, según ellos, no existe en la sociedad actual japonesa.

Ha sido siempre un tema recurrente la adhesión a grupos, sectas, religiones, partidos políticos, etcétera, que ofrecen una respuesta a sus miembros cuando lo que están viviendo no coincide con sus pretensiones ni con sus ideas de vida. La pertenencia a todo este tipo de grupos hace pensar a sus integrantes en una sola creencia llena de virtudes, pero que a ojos del resto destapa los más alucinados vicios.

Actualmente y en un mundo supuestamente globalizado, habitantes de todo el planeta descubren su presunta espiritualidad abrazando una colectividad afín a sus verdades. La espiritualidad surgida de preguntas íntimas acostumbra a ubicarse por fuera de la sociedad (llevando a tomar decisiones que quiebran la convivencia) y en el caso del atentado en Tokio, fue una demostración de fuerza, cuando en realidad los integrantes de Aum buscaban la Iluminación, el más alto grado de sabiduría. Pero el fanatismo nace de ideales asociales dentro de una vida cotidiana, y estalla a punta de dogmas supuestamente lógicos.

 

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