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Juegos de Guerra

Juan Carlos González reseña Buda explotó por vergüenza, el debut de la directora iraní Hana Makhmalbaf

2010/06/30

Por Juan Carlos González

Una hermosa dinastía se prolonga. A las trayectorias del maestro iraní Moshen Makhmalbaf (Kandahar, 2001) y de su hija Samira (A las cinco de la tarde, 2003), ha de sumarse el debut de la menor de sus hijas, Hana, que con solo 19 años obtuvo el Premio Especial del Jurado en San Sebastián el año anterior por Buda explotó por vergüenza (Buda as sharm foru rikht, 2007), su primer largometraje.

El título es descriptivo. Con material documental de la explosión —a cargo de los talibanes— de las célebres y enormes estatuas de Buda (una de ellas medía 53 metros) que había en unas cuevas en el valle de Bamián, Afganistán, se inicia la película. Los pobladores de la región viven también en pequeñas cuevas, como la que habita Baktay —de seis años—, su madre y su hermano. Baktay es una niña que ve con envidia cómo su vecino ya sabe leer, y decide tratar de comprar un cuaderno y un lápiz para ir a la escuela a aprender. Empieza entonces la primera de las dos películas que hay en Buda explotó por vergüenza. Esta parte inicial la entronca con el cine iraní de Abbas Kiarostami, de Majid Majidi, de Jafar Panahi, en el que los niños son los protagonistas de una historias en que todas sus pequeñas vicisitudes —la necesidad de devolverle los cuadernos a un compañero, la urgencia de conseguir un par de zapatos o de comprar un pez— se convierten en enormes gestas vitales ante la imposibilidad de comunicarse con los adultos, que permanentemente los ignoran.

Los niños de estas películas —excelentes actores naturales todos— están llenos de tesón y dignidad: son ellos los que deben solucionar sus propios problemas, pues hace rato aceptaron que en la sociedad en la que viven nadie parece (ni quiere) escucharlos. Así le pasa a Baktay, incapaz de encontrar a su madre para que le compre los útiles escolares, que ella ve como pasaporte indispensable para iniciar el camino del aprendizaje.

Cuando por fin, tras mucho desgaste, persistencia y paciencia, logra su objetivo y le venden un cuaderno, empieza la segunda parte de la película, mucho más alegórica y menos soleada. La niña es víctima de la intolerancia religiosa y de género a la que la somete una pandilla de niños talibanes que encuentra en su camino hacia la escuela. Los niños están jugando a la guerra y la hacen prisionera. Aunque Baktay, resignada, asume la situación como un juego, el espectador se aterra. ¿Hasta donde serán capaces de llegar estos niños? A la crueldad natural de la infancia se suman ahora ideología y fanatismo que continuamente les han inoculado sus mayores y que en sus mentes de niños pueden salirse de control y hacerlos capaces de cometer una barbaridad. Este tramo del filme —que se prolonga demasiado, restando sutileza a su mensaje— se padece con inquietud y desasosiego. Sólo la actitud decidida de Baktay nos tranquiliza un poco, así como el hecho de que los niños, en muestra de su inocente confusión, son capaces de cambiar de bando y convertirse ahora en parte del ejército norteamericano en busca de terroristas.

La denuncia de la directora es más que evidente en este punto. Solo falta un gesto final, una frase, una acción que cierre el círculo de su película. Y las consigue en la última escena, en la que una hastiada Baktay cede a las presiones de los juegos de los niños que la rodean. A veces es necesario hacerse la muerta para que te dejen en paz, para que por fin seas libre.

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