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Kokoro, de Natsume Soseki

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Crítica Libros

El corazón de las cosas

Por: Álvaro Robledo

Publicado el: 2013-03-14

Natsume Soseki, seudónimo del escritor japonés Natsume Kinnosuke, nació en Tokio en 1867, un año antes de la Restauración del emperador Meiji, quien transformaría en cuestión de muy pocas décadas la cara rural del Japón. Al abrir (obligadamente) sus puertas al mundo, el país decidió llevar a cabo uno de las revoluciones políticas, sociales, económicas y tecnológicas más admirables del mundo moderno. Soseki es un hijo de este tiempo: una época en la que todo lo japonés parecía obsoleto y bárbaro, en la que todo lo que tuviera un aire occidental significaba lo fresco y novedoso. Un Japón que empezaba a beber de las fuentes de la individualidad, la libertad y el análisis de los sentimientos, importadas de Europa y Estados Unidos y que brindaban modernidad en términos occidentales a una sociedad que había vivido dentro de sí misma durante más de doscientos cincuenta años, fuentes que también traían los venenos escondidos de la soledad y el aislamiento.

Este es uno de los temas de la última novela publicada en vida del autor en 1914 (dos años después de la muerte del emperador Meiji), de nombre Kokoro (RBA), su obra maestra, finalmente accesible para el lector hispanohablante en una impecable traducción, directa del japonés, de Carlos Rubio. La palabra kokoro en japonés puede significar muchas cosas: puede traducir corazón, pero también espíritu y mente, interior y alma, entre otras posibilidades. Lafcadio Hearn, escritor y profesor grecoinglés, quien cediera su puesto de literatura inglesa a Soseki en la Universidad Imperial de Tokio (la primera universidad del Japón), tradujo la palabra kokoro como “el corazón de las cosas”.

La novela, dividida en tres partes, cuenta la historia de un joven que entabla una relación con un hombre mayor, a quien llama sensei (profesor en japonés), persona taciturna y melancólica, quien “no reaccionaba al cariño de la gente porque se despreciaba a sí mismo y no por desprecio a los demás”, en quien veía a su mentor espiritual. Sensei se despreciaba por su pasado, por una verdad de su vida perdida en el tiempo que lo había amarrado a una realidad de inactividad y autocompasión. Un intelectual que vivía bajo la égida de la no confianza en el género humano, casado, sin hijos, poseedor de un horrible secreto, el secreto de la desolación del mundo moderno: “La gente de hoy, nacida bajo el signo de la libertad, la independencia y la autoestima, debe, en justa compensación, saborear siempre la soledad”.

Esta fue también la vida de su autor, un hombre perdido en la encrucijada entre el antiguo Japón y la modernidad que llegaba de Occidente. En la última parte, en una extensa carta que sensei le escribe al muchacho, Soseki habla de lo que va a hacer con nosotros, sus lectores: “Sin vacilaciones, voy a proyectar sobre tu cabeza la oscura sombra de la vida. Pero no debes tener miedo. Contempla fijamente esa sombra y saca de ella lo que necesites”. Es el testamento en vida de Natsume Soseki, quien también logró observar la locura que comenzaba a anidar en los corazones de sus compatriotas, locura que los llevaría primero a la arrogancia y finalmente al horror de la Segunda Guerra Mundial.

Kenzaburo Oé, premio Nobel de Literatura, dijo de la obra de Soseki: “Los personajes de Soseki nos ofrecen una nueva definición de lo que es el Humanismo”. Y en verdad, los personajes que creó a lo largo de su obra, desde el divertido Botchan, hasta el sensei de Kokoro, o el entrañable gato de Yo, el gato, más humano que sus mismos dueños, nos muestran ese “nuevo hombre” que pasaría a transformarse en el japonés del siglo XX, un hombre encerrado entre el cumplimiento ciego del deber (que le venía de sus antepasados que vivieron la época de los Shogunes) y la soledad del hombre contemporáneo, obsesionado por el individualismo, una pieza suelta en el mecanismo de una sociedad enferma. Sin embargo, Soseki nos deja su legado en medio del desasosiego y la posible tristeza de este conocimiento: “Ahora voy a intentar abrirme yo mismo el corazón y verter su sangre en tu cara. Si con ella puedes concebir una vida nueva en tu pecho, una vez que haya cesado el latido del mío, estaré contento”.