La agonía del difunto

Consuelo Gaitán reseña "El inquilino" de Guido Tamayo.

2011/06/23

Por Consuelo Gaitán

"Sus palabras finalmente van a callar. No es que se haya quedado sin ellas. Lo que sucede es que su agonía llegará a su plenitud. No podrá, pues, decir una palabra más. Escribir una palabra más”. Y esta parece haber sido la elección de Guido Tamayo en su corta novela El Inquilino: no decir una palabra de más. La concisión como elección no es fácil. Y más en un país cuya tradición literaria ha transitado con gran desenvoltura por los caminos de la facundia, el barroquismo y la exhuberancia verbal, y propiamente no con malos resultados. Sin embargo, esta elección hace sentir asombrosamente cómodo al lector pues de inmediato se adentra en un relato vívido, con una contundencia tal que da la impresión de que ya conocíamos muy bien la ciudad, al errático personaje y su melancólica agonía descritos en pocas y suculentas páginas, aunque, si nos fijamos concienzudamente, no ha mediado ninguna detallada ni exhaustiva descripción. Es tan importante o más lo que no se dice que lo que se dice. La elección de este tono elusivo, no exento de humor, parece ser la única posible para ocuparse de la agonía de un hombre prescindible, silencioso, sin nexos, un ser anodino para su país y para su familia, y casi para sí mismo.

 

Ha dicho reiteradamente el autor que el protagonista de su novela está basado en un escritor colombiano amigo suyo que existió en la Barcelona de los años ochenta y cuya personalidad era materia muy apetecible para convertirlo en un personaje de ficción. Este libro parece ser el hermoso rescate de este carácter insólito, que pasó por la existencia con una profunda conciencia pero no logró llenarla de significado. Se exilió voluntariamente persiguiendo el sueño juvenil de vivir inmerso en la literatura, sin otro horizonte posible, con la convicción de que esa era la única forma de encontrarle sentido a su existencia. Y, aunque no tuvo éxito como escritor, la impresión que le queda al lector es la de que no fracasó rotundamente como ser humano: la dignidad con que vive su soledad, la constancia en su dedicación a la escritura, la ironía y desdén con que trata a sus arribistas colegas, la generosidad hacia la prostituta con la que comparte su exiguo patrimonio…

 

La novela está construida como un rompecabezas en donde sabemos desde el principio que la imagen que debemos completar es la muerte del protagonista, por cierto enunciada desde la primera línea y que es el verdadero y único episodio de la novela: “Manuel no duerme sino que se ejercita para morir”, “Así se siente ahora, vagando sin saber si el mundo empieza o termina en ese momento”, “La muerte será el verdadero silencio de sus palabras. Olerá a podrido, quizás, pero mudo”. Hubiera deseado el lector más escenas como aquella del diálogo que sostiene el protagonista con un colega y compatriota suyo en la Plaza Real, que retrata con deliberada sorna el arribismo de algunos escritores colombianos asentados en Barcelona (reconocemos al personaje por la descripción física, q. e. p. d.) y que le hubieran aportado una dimensión más histórica al texto, unas ciertas derivaciones temáticas, ciertamente enunciadas (las inquietudes histórico-políticas de una generación, los amores fracasados, la indolencia moral de la sociedad española, entre otros) que con seguridad el autor habría manejado con el mismo acierto. La novela no es más que eso: la narración del acontecimiento más universal de todos pero con una voz que inspira credibilidad, cuyos matices y tono fueron certeramente reconocidos por un jurado que la escogió como ganadora del I Premio Nacional de Novela Breve.

 

El inquilino

Guido Tamayo

Mondadori-Universidad Javeriana, 2011

112 páginas

$34.000

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