'Eva Braun, Una vida con Hitler'. Heike B. Görtemaker. Debate, 2012. 389 págs. $59.000

La banalidad del mal

Mauricio Sáenz reseña el libro 'Eva Braun. Una vida con Hitler' de la historiadora Heike B. Görtemaker.

2012/05/29

Por Mauricio Sáenz.

La figura de Adolf Hitler permanece envuelta en un aura de misterio: la dimensión de sus crímenes hace muy difícil concebirlo en términos humanos. En efecto, las imágenes del sufrimiento desatado por él con la Segunda Guerra Mundial son tan desgarradoras que parecen irreales. Y detrás de todas ellas se perfila, como entre penumbras, su bigotito repugnante, su mirada fría, su fanatismo pétreo indiferente a la tragedia.

De ahí que Eva Braun, una vida con Hitler, de la historiadora alemana Heike B. Görtemaker, resulte un libro sobrecogedor. Es que es imposible no sentir un estremecimiento ante la sola posibilidad de que alguien se enamorara de semejante personaje.

Görtemaker emprendió la tarea casi imposible de desenterrar esa realidad que el régimen mantuvo en el más absoluto secreto. Para ello utiliza los múltiples testimonios, nunca desinteresados, que dieron los protagonistas sobrevivientes, y los pocos documentos que no fueron destruidos por órdenes de Hitler en sus últimos días. Como con un afilado bisturí, la autora cruza circunstancias y contextos de cada cual para descartar las versiones menos plausibles, lo que le permite reconstruir los hechos de un modo fidedigno.

Así, emerge la historia de esa muchacha rubia de clase media baja, que pasaba sus días gozando con el jazz, siguiendo el cine de moda, trabajando en la oficina de Heinrich Hoffmann, un fotógrafo amigo de la familia, y soñando con su príncipe azul. Solo que este resulta ser Hitler, ya famoso a sus cuarenta años, a quien conoce en Munich en la oficina de su patrón en 1929, y con quien inicia casi de inmediato una relación que duraría hasta esa noche dantesca en el búnker de la Cancillería del Reich, en abril de 1945.

Hoffmann era amigo del dirigente nazi y su fotógrafo personal, lo que facilitó los encuentros de la pareja y, eventualmente, sirvió de pretexto para justificar la presencia de Eva en las reuniones del partido. En los primeros tiempos fue más bien un amor de lejos, porque la actividad política de Hitler era intensa. Pero cuando podía la invitaba a pasear, a restaurantes, a cine, e incluso a la ópera.

La relación comenzó a ser carnal hacia 1932, cuando ella cumplió veinte años. Y para cuando Adolf llegó al poder, el 30 de enero de 1933, Eva estaba firmemente instalada en su círculo más íntimo tras intentar suicidarse dos veces para llamar la atención de su esquivo amante, con resultados igualmente sorprendentes. En ambas oportunidades Hitler reaccionó a su favor, pues consideró que al atentar contra su vida, Eva demostraba su lealtad a toda prueba, la cualidad que él más valoraba.

De ese modo, la relación se estrechó cada vez más, y ella eventualmente se convirtió en la señora de la casa en la legendaria villa de Hitler en los Alpes, (incluso, para horror de los contertulios, se daba el lujo de regañar a su amante en su presencia). Pero su existencia seguiría siendo desconocida para el pueblo alemán. En efecto, Hitler no quería casarse, pues su personaje público se basaba en su matrimonio con su pueblo, y porque hacerlo podría debilitar su imagen ante las alemanas, “como sucede con los actores de cine”. Eva solo lograría su sueño veinticuatro horas antes de que ambos se suicidaran para no caer en manos de los soviéticos.

¿Qué tanto sabía ella de los designios macabros de su amante? Curiosamente los sobrevivientes, a pesar de su interés por salvar su pellejo en los tribunales de posguerra, coinciden en guardar las intimidades del Führer y en salvar las responsabilidades de las señoras presentes. Pero del libro de Görtemaker solo se puede deducir que era imposible que se mantuvieran al margen. Entre otras cosas porque Hitler hablaba abiertamente de sus ideas en la sobremesa. Como si incendiar el mundo y matar a setenta millones de personas fuera solo otro día pesado en la oficina.

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