La CIA y la guerra fría cultural. Frances Stonor Saunders.

La batalla secreta

Mauricio Sáenz reseña La CIA y la guerra fría cultural, de Frances Stonor Saunders.

2013/07/18

Por Mauricio Sáenz

Cuando los cañones dejaron de escupir su carga de muerte a mediados de 1945, los vencedores permanecieron taciturnos. Sabían que con el enemigo nazi destruido, la oportunista alianza de Estados Unidos y sus satélites con la Unión Soviética tenía sus días contados, y creían que una nueva guerra era cuestión de tiempo.

Pero esta vez se libraría principalmente en el campo político. Los ejércitos solo se mirarían amenazantes desde sus cuarteles, la sangre solo correría en la periferia, y la verdadera batalla se libraría por las mentes y los corazones de los ciudadanos del mundo.

La investigadora británica Frances Stonor Saunders nos narra este apasionante capítulo en una investigación tan minuciosa que a veces abruma por sus detalles. En el centro del esfuerzo norteamericano estaría la Agencia Central de Inteligencia. Creada en 1947, era entonces una organización elitista, integrada mayoritariamente por egresados de las universidades Ivy League.

Su misión de proyectar la influencia norteamericana y neutralizar la de los soviéticos pronto adquirió un cariz multidisciplinario. No solo se trataba de operaciones encubiertas, como los casos de Mossadegh en Irán, de Arbenz en Guatemala o de Playa Girón en Cuba. También, y en escala igual de contundente, de estrategias dirigidas a convencer a la opinión mundial, y en primer lugar a la de Europa Occidental, de que el único futuro posible era la Pax Americana, un mundo concebido a semejanza de Estados Unidos.

La larga mano de la agencia permanecería oculta tras un organismo, el Congreso por la Libertad Cultural, que funcionó entre 1949 y 1978. Este fue la obra de Michael Josselson, un agente de origen estonio, políglota, culto y muy reservado. Junto a él jugaron papeles protagónicos, entre otros, personajes como Nicolas Nabokov, compositor ruso primo de Vladimir, y Melvin Lasky, un explosivo militante anticomunista.

Para cumplir su misión, la CIA invirtió grandes sumas, a través de fundaciones como la Ford o la Rockefeller, en diversas empresas culturales. Patrocinaba giras de conciertos y conferencias, publicaba libros, celebraba simposios, promovía películas y creaba revistas de alto nivel. El objetivo era impulsar, con temas nunca explícitamente pronorteamericanos, no solo a los intelectuales anticomunistas, sino sobre todo a los de la izquierda democrática. Una estrategia sofisticada que le significó la incomprensión de muchos en el Congreso Federal en Washington.

Una de esas escaramuzas se presentó en una de sus movidas más audaces. Empeñados en contrarrestar el realismo socialista de la URSS, y apoyados en el desprecio de Moscú por el arte “decadente”, Josselson y sus compañeros decidieron impulsar pintores como Jackson Pollock y Mark Rothko, para posicionar al expresionismo abstracto como la gran contribución norteamericana a un arte demasiado moderno para algunos, pero sobre todo libre.

De modo análogo terminaron involucrados, a sabiendas o no, muchos personajes de la época. Arthur Koestler, George Orwell, Leonard Bernstein, Jorge Luis Borges, Aaron Copland, Igor Stravinsky, André Malraux, Salvador de Madariaga, Benjamin Britten, Hannah Arendt son algunos de los cientos que aceptaron las invitaciones. Muchos de los cuales, cuando todo comenzó a saberse, sufrieron ataques de amnesia o dieron explicaciones poco convincentes.

El principio del fin para el Congreso por la Libertad Cultural, que tuvo oficinas en más de treinta países, comenzó en 1966 cuando un informe de The New York Times sacó a la luz que la CIA lo financiaba. Ya con Josselson y sus compañeros en el retiro, cerró sus puertas en 1978, tras décadas de haber defendido la libertad cultural con engaños y trapisondas. Una contradicción que hoy, con las chuzadas a medio mundo, deja una pregunta latente. ¿Dejó de verdad la CIA su guerra cultural? ¿O sigue agazapada por ahí?

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