La catástrofe irreversible

Juan Carlos González reseña "Cheri" de Stephen Frears

2010/09/21

Por Juan Carlos González A.

Empecemos por el final. La última escena de Chéri (2009) tiene a Léa de Lonval sentada frente a un espejo de su habitación. Es París, son los albores del siglo XX y ella es una prostituta crepuscular, adinerada y solitaria. Inicialmente tiene la mano izquierda sobre su mejilla, pero luego queda su rostro descubierto mirando hacia el espejo, pero en realidad mirándonos de frente, fijamente, la boca entreabierta, el paso de los años vividos reflejado en el contorno de sus ojos, en sus pómulos. Esa mirada se resiste a abandonarnos y se queda fija, retándonos —como ella misma lo ha hecho— a descubrirnos incapaces de luchar contra el tiempo. Es su edad la que se plasma en ese rostro aún hermoso, pero que se sabe condenado.

Pero lo más honesto es que ese rostro también es el de la actriz que le da vida a Léa, Michelle Pfeiffer. Es ella —a sus 52 años— la que se ha atrevido a despojarse de su imagen de estrella para revelarse ante nosotros tal cual es, sin temor al normal discurrir de los años con el que muchas actrices sufren. Ella luce digna, sin asomo de patetismo. Entonces la película se acaba y la sensación es que estamos en el mismo barco que nos llevará a la catástrofe irreversible —son palabras de esta película— que supone envejecer, frente a la lozanía, vigor y despreocupada esperanza de la juventud. Como Léa, como la Pfeiffer, entendemos que el camino es aceptarse. Mirarse al espejo y, por fin, verse.

El tiempo, entonces, es el protagonista silencioso de esta fusión de dos novelas de Colette, Chéri y La fin de Chéri, adaptadas para la pantalla por el dramaturgo y guionista inglés Christopher Hampton, quien puso esta historia en manos del director Stephen Frears. Ambos habían cumplido la misma función cuando en 1988 convirtieron a Les Liaisons Dangereuses de Choderlos de Laclos en el filme Relaciones peligrosas, a la sazón coprotagonizado también por Michelle Pfeiffer. Hampton & Frears: la combinación se antojaba suculenta con ese antecedente cinéfilo común.

Pero Chéri es un plato mucho más leve y digerible que Relaciones peligrosas. Aunque el narrador que acompaña al filme (la voz es la del propio Frears) es irónico y punzante por momentos, y los diálogos pronunciados por cortesanas de la belle époque en uso de buen retiro son mordaces, la verdad es que Chéri es inofensiva. Y eso es lo peor que uno puede decir de una película dirigida por un hombre que hizo en sus inicios obras tan inquietantes y subversivas como My Beautiful Laundrette (1985) y Sammy and Rosie Get Laid (1987). Parece que él también está envejeciendo.

La historia de Léa y su joven amante Chéri (el blando Rupert Friend) está desprovista de fuerza. Los dos se convierten en pareja casi estable durante seis años para luego separarse, él casarse y ambos afrontar el mutuo sufrimiento que les genera la nostalgia y luego la contundencia de que ya nada será igual luego de reencontrarse. Frears reemplaza la pasión, el drama y la ironía, por una levedad narrativa luminosa engalanada —eso sí— por un trabajo preciosista de decorados, ambientación (el diseño de producción estuvo a cargo de Alan Mac-Donald), vestuario y música que son un deleite visual y sonoro, convertido en luz y colores por el cinematografista Darius Khondji.

Pero una película no puede convertir la forma en el contenido sin pagar el precio. Y Chéri lo hizo: bella y vacua, el tiempo arrasará con ella. Lo cual nos lleva de nuevo al punto de partida de este texto que ya concluye...

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.