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“Solo quiero saber su nombre”

Pedro Adrián Zuluaga reseña 'La chica desconocida' de los hermanos Dardenne hecho en su "estilo, una mirada que se sostiene en la insistencia de unos temas y personajes en combinación con un conjunto de decisiones formales que producen un fuerte efecto de realidad."

2017/02/24

Por Pedro Adrián Zuluaga

Vamos a simplificar y digamos que en el viejo género policiaco el asunto central era descubrir un culpable, y que en los policiales actuales, más autoconscientes del género y sus mecanismos, la investigación conduce a la culpa misma. A los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne, de quienes se habló en esta columna el mes pasado como voceros de un cine social y que bebe de fuentes documentales para su trasposición fílmica de la realidad, no resulta nada fácil imaginarlos trabajando a partir de convenciones previas. Al contrario, son ellos quienes han señalado la norma del cine contemporáneo sobre personajes periféricos, asediados por una cámara que los reivindica al mostrar, pegada a sus cuerpos como si fuera un apéndice de ellos mismos, su cotidianidad abrumada y hermosamente digna.

La chica desconocida no pertenece pues a ese tipo de obras artísticas trabajadas desde la nostalgia y que renuevan un género, en este caso el policial, invocando sus motivos. La última película de los Dardenne es la continuación de esa saga que los directores han ido entregándonos desde que a finales de los años ochenta decidieron abandonar el documental stricto sensu y pasar a la ficción, donde obtuvieron resonancia mundial a partir de La promesa (1996). Desde esta estremecedora película han ido completando, título tras título, el repertorio de un cine que mejora el mundo real por su manera –cruda pero compasiva– de observarlo. Los Dardenne son ellos mismos un género o, para ser más exactos, un estilo, una mirada que se sostiene en la insistencia de unos temas y personajes en combinación con un conjunto de decisiones formales que producen un fuerte efecto de realidad.

Como en La promesa, también en La chica desconocida el personaje principal define su crisis moral en torno a la muerte de un inmigrante, en este caso, de la fille inconnue del título. Esa chica, en busca de auxilio, toca un día la puerta de la doctora Jenny Davin, quien no le abre. Horas después aparece su cuerpo. El incidente provoca una fractura en la doctora Davin, que en adelante concentrará todos sus esfuerzos en saber, de esta desconocida, sobre todo su nombre y todo lo que ese nombre encierra: la clave de un origen, el destino, lo que es único en el mundo y merece ser recordado.

Los Dardenne obligan a que el espectador acompañe a la doctora Davin en una pesquisa que no tiene ninguna racionalidad o pragmatismo. Tampoco demasiadas sorpresas o descubrimientos. Ella, la doctora, es la protagonista absoluta de un film en el que vuelve a aparecer aquello que es el centro axiológico del universo Dardenne: la revelación, en algún punto de la narración, de nuestra responsabilidad con los otros, la activación de sentimientos éticos que la depredación capitalista ha convertido en excentricidades. Como en La promesa, aquí se trata otra vez de eso que, desde la nada que son, nos solicitan los muertos: que no los olvidemos.

Así que, aunque los Dardenne bordeen los territorios de la encuesta criminal y se ocupen en La chica desconocida de un asesinato no resuelto, y por mucho que ofrezcan esbozos sobre la corrupción y oscuridad de un entorno, su perspectiva es otra. Sus películas son siempre sobre tomar o no una decisión que afectará a otras personas. Una obra sostenida de manera tan obsesiva en un rango tan aparentemente limitado de sentimientos, puede llegar a parecer agotada o repetitiva. Sobre el cine de los Dardenne hay cierto consenso en torno a que en sus últimas películas ya no se encuentra esa energía de Rosetta, El hijo o El niño. Muchos extrañan la furia renovadora con que mostraban el desamparo de sus personajes pero también su redención, con un naturalismo radical de la cámara y la puesta en escena. Considero, en cambio, que su gran éxito como artistas es habernos acostumbrado a esa mirada, al punto de integrarla al paisaje de lo posible en el cine contemporáneo. No los veo agotados, los encuentro tan seguros de lo que tienen para decir que ya no necesitan gritarlo.

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