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La democracia inconclusa

Rodrigo Pardo reseña La democracia inconclusa de Pierre Rosanvallon Taurus, U. Externado, 2006 418 páginas

2010/03/15

Por Rodrigo Pardo

El planteamiento del pensador francés Pierre Rosanvallon es interesante y cautivador. Les hace ver a los lectores –que también son electores– que la consolidación de la democracia se produjo al mismo tiempo que se puso en peligro. ¿Contradictorio? Pues no. Con el fin de la Guerra Fría el modelo democrático dejó de ser una alternativa para convertirse en una fórmula casi universal. Y, sin embargo, justo en ese momento la globalización generó realidades internacionales que permearon los Estados y golpearon la columna vertebral de la democracia: la soberanía del pueblo, que parece disiparse entre valores, tendencias y acciones inmanejables dentro de las fronteras nacionales.

La obra está pensada en un país donde rige una democracia madura y consolidada: Francia. Su autor ha tenido cercanía con el pensamiento de izquierda y ahora es director de la “República de las Ideas”, un centro de reflexión sobre los cambios de la sociedad de su país. Sus planteamientos, sin embargo, tienen un sentido general porque abarcan dimensiones teóricas. De hecho, Rosanvillon está trabajando en la vigencia de sus conclusiones en otros continentes.

La obra puede resultar difícil para un lector común. Tiene pretensiones teóricas. Se basa en referencias históricas de su país, que interesan a los conocedores de la política francesa. Pero tiene validez porque el desafío que genera la contradicción entre el triunfo de la democracia y los ímpetus de la globalización hoy se siente en todos los continentes.

¿Qué hacer? Rosanvallon no es un político. Ni su estructura mental ni sus objetivos son propios de un escritor empeñado en producir recetas. Pero se pueden deducir algunas conclusiones. La democracia representativa está en peligro, porque el voto de los ciudadanos para elegir un gobierno no garantiza que sus opiniones o intereses influyan a la hora de tomar decisiones. Las corrientes económicas, la integración supranacional en regiones como Europa, el poder que ejercen instancias no elegidas o la función más activa de las Cortes Constitucionales superan y limitan la voluntad general.

Las respuestas ante una situación tan desafiante tienen que ver con el ejercicio de lo que el autor denomina una “soberanía compleja”. Más que el mítico reemplazo de la democracia representativa por la democracia directa –los referendos, plebiscitos y consultas que sólo pueden medir “un capricho del instante”– se necesita extender las formas y el concepto de la soberanía. Llevarla, por ejemplo, a las instancias que la globalización impone.

El mayor aporte de Rosanvallon consiste, en consecuencia, en un diagnóstico lúcido que contradice la percepción equivocada de que el fin de la Guerra Fría equivale al imperio de la democracia. Su mayor falla consiste en que no hay muchos consejos esperanzadores porque su idea de “buscar una visión renovada y exigente de la nación” es demasiado abstracta. Y su mayor deuda queda saldada con los electores, porque las reflexiones sobre los límites del ejercicio del voto están planteadas con palabras y conceptos propios de especialistas.

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