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La disciplina de un conde universal

Luis Fernando Charry reseña los Diarios que Lev Tolstói llevó durante toda su vida

2010/02/09

Por Luis Fernando Charry

La muerte fue una presencia constante en los primeros años de vida de Lev Tolstói. Su madre –la princesa Maria Nikoláievna Volkónskaia– murió dieciocho meses después de su nacimiento. Su padre –el conde Nicolái Ilich Tolstói– murió antes de que cumpliera diez años. Ambos pertenecían a la antigua nobleza rusa, una nobleza que no dista demasiado de cualquier otra nobleza: al abuelo materno de Tolstói, por ejemplo, le gustaba mandar a lavar su ropa blanca a Holanda. Y a la abuela paterna, que se hizo cargo de los huérfanos, le gustaba que un siervo ciego le recitara cuentos todas las noches. Descontando el anterior segmento no exento de frivolidad, Lev Tolstói ha sido acaso el conde más grande de la literatura universal. Y sus diarios –la selección que aquí nos ocupa va de 1847 a 1894– son una buena muestra de su grandeza.

Aparte de las múltiples actividades que realizó, Tolstói llevó un diario durante toda su vida. Así, la primera entrada data de 1847 (tenía dieciocho años) y la última de 1910 (cuando ya había cumplido 82 años). Estos diarios, sin embargo, tienen algunos intervalos que coinciden con los períodos de mayor intensidad literaria –los años durante los que escribió Guerra y paz y Anna Karénina (1865-1878)– o con aquellos momentos en que se dedicó a exponer su credo religioso-moral.

Tolstói, sin duda, fue un hombre de múltiples pasiones, de múltiples contradicciones, de repentinos cambios de ánimo: un día se podía encontrar en una batalla en Crimea y al día siguiente podía estar aprendiendo el oficio de zapatero o estudiando griego clásico para leer a Homero. Otros días se entregaba a la lectura y a la escritura con una dedicación entre militar y religiosa, registrando sus puntos de vista sobre sus propias obras o sobre las obras de otros escritores; también registraba a veces sus opiniones sobre el mundo que lo rodeaba: los problemas sociales, rurales y políticos, y los puntos de vista sobre la industrialización o la educación ocupan en sus diarios extensos pasajes.

Por supuesto, también dejaba por escrito sus proyectos a largo plazo: “Ahora pregunto: ¿Cuál será el objetivo de mi vida en la aldea durante dos años? 1) Estudiar todo el curso de ciencias jurídicas, necesario para el examen final en la universidad. 2) Estudiar la medicina práctica y parte de la teórica. 3) Estudiar idiomas: francés, ruso, alemán, inglés, italiano y latín. 4) Estudiar economía rural, teórica y práctica. 5) Estudiar historia, geografía y estadística. 6) Estudiar matemáticas, el curso del colegio. 7) Escribir una tesis. 8) Alcanzar un grado medio de perfección en música y en pintura. 9) Redactar las reglas. 10) Adquirir algún conocimiento en ciencias naturales. 11) Escribir trabajos sobre todas las materias que voy a estudiar”.

En este punto, claro, conviene recordar una cosa: tras una accidentada carrera universitaria, Tolstói decidió abandonar la universidad en 1847: al conde, al parecer, le parecía inútil lo que le enseñaban. Enseguida regresó a su hacienda, viajó por Europa, llevó una vida militar ejemplar... E, incluso, tuvo tiempo para el amor.

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