Portada del libro Crímenes de Alberto Barrera T.

La ecuación del temor cotidiano

Rafael Osío Cabrales reseña Crímenes, libro de cuentos del venezolano Alberto Barrera Tyszka.

2010/03/16

Por Rafael Osío Cabrices

Cuando en 2006 la novela La enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka, ganó el Premio Herralde, la noticia se tomó en Venezuela no solo como un indicador de la mejoría en la salud de la narrativa venezolana, sino también (o sobre todo) como un hito en la exitosa carrera del autor. Barrera Tyszka, uno de esos solventes intelectuales que han financiado con la escritura de televisión la tranquilidad necesaria para escribir ficción, ha publicado dos poemarios, una novela en Plaza&Janés (También el corazón es un descuido) y un conocido perfil escrito a cuatro manos con su esposa, Cristina Marcano: Hugo Chávez sin uniforme (Debate), que se tradujo a varias lenguas.

Es un influyente columnista dominical en su país y un libretista cotizado en México y Colombia. Pero desde el Premio Herralde es un narrador admirable, muy celoso con su estilo de frases breves, que ha encontrado el modo de abordar algunos de los grandes pavores de la clase media y de proyectar en ellos el estado de una sociedad. En su segundo libro con el sello de Jorge Herralde, Crímenes, demuestra que ya tiene una voz consolidada, de fuerte sentido del ritmo y de la incertidumbre deliberada, en esas contenidas oraciones que van soltando información como breves y continuas olas de río.

La enfermedad dirigía a la decadencia física el horizonte ulterior de las preocupaciones humanas, la fuente mayor de cataclismos; los diez cuentos de Crímenes, por su parte, hablan de una sociedad a la que la violencia amenaza en todo momento y lugar, en la cama, en la memoria, en la política y hasta la creación literaria. Y esa violencia, que tiene un amplio repertorio de devastaciones, es como la letra pequeña en el contrato de las relaciones carnales, la posibilidad de hecatombe tras el débil valladar de la vida cotidiana.

Todas las historias tienen en común la desestabilización de la vida moderna, el miedo a una oscura barbarie que luce indestructible. Nada que desconozcan las clases medias de las mayores ciudades de América Latina. En el primer cuento, “Nada”, un misterioso rastro de sangre lleva a una pareja joven, con un bebé nacido muerto y una inerte nostalgia en el lugar donde estuvo la pasión, al pavor de la incertidumbre. Algo está sangrando en su mundo y no saben qué es. Peores enigmas se encuentra la familia que en “Balas perdidas” ve a uno de los suyos cayendo herido en vivo y en directo, por la televisión, en el curso de una manifestación política sobre la que llueven las balas, pero luego no lo encuentran en ninguna morgue ni ningún hospital; el hermano que apoya al gobierno y la esposa opositora cambiarán sus vidas al difundir sus propias mitologías acerca del cuerpo perdido. En “Anoche”, un hombre descubre en el parachoques de su carro evidencia de que pudo haber atropellado a un indigente, pero el guayabo no le deja recordar qué ocurrió en la víspera, y en “Un asunto sentimental” un marido abandonado trata de hallar a la dueña de una mano cortada que se encontró en un callejón.

Cuando no son enigmas espantosos, son tristes hallazgos. Un hombre bueno fracasa al intentar llevar belleza y verdad al infierno carcelario. Un muchacho ve llegar de la montaña a su padre guerrillero y se encuentra frente a un hombrecito despreciable en lugar de un héroe. Alberto Barrera compuso en estas historias un diagnóstico de la desazón que estremece a parte de la sociedad venezolana, acosada por la ingobernabilidad y la delincuencia, pero ahí se reconocerán mexicanos, colombianos, peruanos o argentinos. Algo está sangrando en nuestro mundo, y a veces no sabemos qué es.

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