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La elección del fracaso

Piedad Bonett reseña Tácticas contra el tedio, de Mauricio Bernal

2010/07/01

Por Piedad Bonnett

Santiago Buscáceres, el protagonista de Tácticas contra el tedio, de Mauricio Bernal, es un hombre que no llega a los cincuenta años pero ya está cansado. Todo en su vida es fofo, sórdido y aburrido, hasta él mismo, que ya sabe que no llegó a ser el historiador brillante que alguna vez soñó que sería, y que se resigna al oficio de profesor de secundaria que repite hasta el infinito historias gastadas sobre la Conquista, las cuales no interesan ni a sus colegas ni a sus alumnos, que se duermen en clase; para acabar de ajustar, cuando él y Valeria, su mujer, empantanados en continuas discusiones, empiezan a repetir ya la palabra divorcio, un descuido hace que ella quede embarazada. El resultado es Micaela, un bebé indeseado por el padre, que no encuentra fuerzas para criarla, pues ya tiene dos hijos: un varón que es un bueno para nada y Casilda, una adolescente inteligente pero inestable, que quizá sea la única razón de su vida.

Santiago Buscáceres es, pues, a ojos de todos, un fracasado. Su mujer piensa, no sin razón, que su futuro es no tener futuro. Sus días en un pueblo donde no pasa nada —reconocemos, si no estoy mal, que esto sucede en España, pero podría ser en cualquier otra parte— no son sino una repetición de lo mismo, un inmenso, un infinito tedio. Dos formas tiene el personaje de desaburrirse: ir al bar y dedicarse por horas a jugar parqués; y masturbarse a escondidas de todos viendo videos pornográficos en su estudio.

Creo, sin embargo, que este antihéroe, este ser aparentemente anulado por la circunstancia, no es exactamente un mediocre, sino un tipo, como Mersault, el personaje de Camus, abrumado por el sinsentido del mundo. Un fracasado en el sentido que le da a la palabra uno de los personajes de Piglia en Respiración Artificial: “Un hombre que no tiene quizá todos los dones, pero sí muchos, incluso más que los comunes en ciertos hombres de éxito”, pero que no los explota, los destruye, de modo que “en realidad destruye su vida”. “Algunos de ellos —añade el argentino— son hombres muy interesantes, sobre todo cuando han empezado a envejecer y se conocen bien a sí mismos”. En realidad, para ellos, como para Buscáceres, el fracaso es una elección.

Hasta aquí la primera parte de la novela. La segunda empieza cuando una circunstancia concreta pareciera abrir para Santiago ese camino. Literalmente, el personaje levanta vuelo. Y nosotros lo seguimos, atentos, testigos atónitos del rumbo que van tomando las cosas. Sin jamás volverse inverosímil, la historia de Buscáceres empieza a caminar en el filo de lo absurdo. Con humor negro, con ironía, sin asomo de compasión, el autor hace que su personaje tome las riendas de su vida pero para darle a esta un giro inesperado. Podría decirlo en forma de metáfora: Santiago, como un ave de presa recién liberada, sube hasta donde puede y da vueltas una y otra vez en su cielo recobrado, hasta agotar la fuerza y descender en picada hasta la tierra, donde todo ha cambiado menos el oscuro motor que la sostiene. Una avalancha de hechos abruma su vida. Y él, a quien el azar, esa fuerza imposible de ignorar en nuestras vidas, le ha marcado unos rumbos insospechados, se da una última oportunidad. Pero no se equivoquen: no es la oportunidad que se brinda un optimista. Es la prueba suprema que ha de demostrarle, a él, que no termina de conocerse, qué tipo de hombre es. Como un Raskolnikov lleno de patetismo, movido no por una ideología sino por una lúcida conciencia del vacío y por el deseo de hacer que su existencia salga definitivamente de la rutina, emprende una última aventura. En esta, como en su anterior novela, los lectores encontrarán humor negro, imaginación y la capacidad de incomodar y divertir de la buena literatura.

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