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La espía que me amó

Juan Carlos González reseña Lujuria y Traición, una película de Ang Lee

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

La carrera del director taiwanés Ang Lee siempre ha fluctuado entre Oriente y Occidente. En algunas ocasiones aborda temas que narran del choque entre ambas culturas, como en Pushing Hands (1992) y El banquete de bodas (1993). En otros momentos ha querido sacudirse del todo la etiqueta de director oriental que le pone —según su punto de vista— una mácula de exotismo que no le gusta y por eso ha emprendido proyectos tan diversos como Sensatez y sentimientos (1995), La tormenta de hielo (1997), Hulk (2003) y Brokeback Mountain (2005). Paradójicamente estas películas carecen de la sustancia que da el conocimiento de causa local, lo que sí se ve en cintas típicamente orientales y tan logradas como Comer beber hombre mujer (1994) y El tigre y el dragón (2000). A esta última categoría pertenece su más reciente filme, Lujuria y traición (Se, jie, 2007) ganadora del Festival de Venecia.

Producida y co-escrita por su guionista habitual, el norteamericano James Schamus, la película se basa en un relato de la escritora china Eileen Chang publicado en 1977. Es una historia situada en Shangái en 1942 cuando la resistencia china intentaba derrotar a los invasores japoneses. Pero eso es en la superficie, pues Lujuria y traición es una película acerca del artificio, acerca de la representación. No es casual que su estructura rinda homenaje al cine, sobre todo a una película estrenada precisamente el año en que se desarrollan esos acontecimientos: Ser o no ser, de Ernst Lubitsch. Este filme, protagonizado por Jack Benny y Carole Lombard, nos muestra a un grupo teatral polaco durante la invasión nazi a ese país y cómo se las ingenian, mediante las artes de la representación que tan bien dominan, para infiltrar y engañar a los nazis. Aquí ocurre algo similar: un grupo teatral universitario —con más ideología que ideas— diseña un plan para infiltrar a los colaboracionistas chinos armando un andamiaje teatral que acaba por salírseles de las manos. Una joven, Wong Chia Chi (interpretada por la actriz Wei Tang), sacrifica durante cuatro años su identidad, haciéndose pasar por Mak Tai Tai, la esposa de un adinerado comerciante, con el propósito de espiar, infiltrar y asesinar a un alto oficial colaboracionista, el señor Yee (Tony Leung). La película se dedica a estudiarla a ella, pues es fascinante cómo asume dos vidas: una gris, que es la propia; una de lujos y riesgo que es la falsa. Poco a poco comprendemos que el juego de espejos y mentiras que decide asumir la conduce por caminos muy peligrosos, en los que el deseo (y luego el amor) le empieza a ganar la partida a los propósitos patrióticos originales. Llegará un punto en que tiene que decidir, a sabiendas que ese momento ya no le permite volver atrás. Elija lo que elija, sabe que habrá por lo menos una víctima: ella misma.

Ang Lee amplifica el concepto en una historia de gran formato, bellamente filmada por el mexicano Rodrigo Prieto, pero que quizás es demasiado ambiciosa, episódica e irregular, teniendo que recurrir incluso a escenas de sexo muy explícito que generaron gran revuelo (para eso precisamente eran, supone uno). Todo esto juega en contra de un filme que pese a sus exquisitas virtudes formales tiene un gran pecado: nunca nos permite saber a ciencia cierta quién era su protagonista. Wong Chia Chi no es una mujer ­—nunca nos adentramos en su dolor y en sus dudas— es simplemente una herramienta manipulada y utilizada por todos, incluido, que lástima, el propio Ang Lee.

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