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La fantasía al acecho

David Roa reseña la última novela de Haruki Murakami, After Dark

2010/07/28

Por David Roa

En After Dark, la última novela de Haruki Murakami, hay todo un mundo fantástico que amenaza constantemente con tomarse la realidad. En medio de anécdotas que pueden parecer intrascendentes, siempre hay una puerta por donde está a punto de desbordarse un mundo oscuro y tenebroso.

El narrador de esta novela nos invita a acompañarlo para ser junto a él un punto de vista insustancial que tiene el privilegio de estar en ese lugar necesariamente silencioso en el que lo inexplicable tiene lugar, en donde los acontecimientos que se escapan a la lógica se hacen visibles.

Poco antes de la medianoche, nos encontramos en el escenario propicio; el narrador, muy literal, apela a nuestra humana curiosidad con un anuncio: “Somos unos intrusos, anónimos e invisibles —nos dice—. Miramos. Aguzamos el oído. Olemos. Pero, físicamente, no estamos presentes en el lugar, no dejamos rastro. Respetamos las reglas de los genuinos viajeros a través del tiempo. Observamos pero no intervenimos”. Sin duda, una circunstancia irresistible. Sobre todo si, como en este caso, el lugar propicio es la tenue oscuridad del cuarto de una bellísima joven que duerme. La vulnerabilidad de su estado y el anuncio del narrador nos hace conscientes de algo que es tan natural a las novelas, la posibilidad de meternos en los cuartos ajenos sin ser juzgados de indiscretos, lo que es, de vez en cuando, un gusto secreto con el cual muchos sentirán cierto poder.

La mayoría de personajes de la novela (una joven estudiante de chino, un estudiante de derecho y músico de jazz, la regente de un love-hotel, un neurótico ingeniero de sistemas que gusta de las prostitutas chinas, un proxeneta, un par de empleadas del mismo hotel) no tienen permitido presenciar como nosotros estos acontecimientos inexplicables. Solo nosotros, del lado del narrador, sabemos de esa presencia que los acecha, de esa otra realidad a la que se exponen al pasar la noche en vela. El único personaje que debe enfrentarse a ese mundo fantástico y silencioso es la joven que duerme profundamente. Sin embargo, lo hace desde el sueño, desde esa zona libre en la que cualquiera tiene la puerta abierta para pasar al otro lado. Pero, por eso mismo, su testimonio se hace discutible. Indefensa, ella no se da cuenta de que las cosas de su cuarto no duermen como ella; por el contrario, conspiran en su contra.

Somos testigos de su transitar de un lado al otro, su paso del lado de lo inexplicable, y su experiencia allí es angustiante. Está al otro lado de lo creíble y por ello su soledad es aun más insoportable, de ese lado no hay nadie que la escuche. Su situación desesperada contamina el avatar de los personajes que velan, su realidad fantástica amenaza todas y cada una de las acciones de los que están despiertos, sus conversaciones se llenan de sugerencias que solo nosotros, los compañeros del narrador, podemos comprender.

Esta novela, como el resto de la obra de Murakami si se lo permitimos, nos invita a dos cosas: primero, a disfrutar de una narración que se da el lujo de usar sin pudor la fantasía en unos términos muy persuasivos; segundo: a reflexionar hasta qué punto estas licencias con la fantasía son arbitrarias o son sencillamente otra parte fundamental de nuestra propia realidad, si por ejemplo nuestros propios sueños y fantasías son un accesorio prescindible o si tienen, como el resto de nuestras vivencias, una importancia indudable y tangible a la que, tal vez, no le damos la relevancia que se merece.

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