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La gracia de estar enfermos

Jaime E. Manrique reseña la película del director colombiano Carlos Moreno, Perro come perro

2010/03/15

Por Jaime E. Manrique

Todos suelen decir que en este país los buenos son más. Al mismo tiempo que muchos niegan estar enfermos de algo qué no saben que es, un subalterno le corta la mano a su jefe guerrillero y un gobierno con más del 80% de aceptación decide recompensarlo y no juzgarlo. Cuando la mayoría está mal, la mayoría suele creer ciegamente que todo está bien. ¿Y en una democracia quién se atreve a contradecir a la mayoría? Las evidencias mínimas parecen indicar que el norte ético se ha diluido, se nos refundió en el camino, la búsqueda por el bienestar personal a cualquier costo es la ley predominante, no importa sobre quién toque pasar. En Colombia perro come perro y nadie sale vivo de eso, sobre todo cuando las cosas se hacen cuesten lo que cuesten.

Exactamente eso, falta de lealtad hasta el extremo del absurdo, es lo que transpira la ópera prima de Carlos Moreno. Sin miedo a incomodar a los insensatos que buscan que el cine proyecte una buena imagen del país, este director caleño, con su talento y el de su equipo, ha puesto a Colombia en la selección oficial del festival de cine independiente más importante del mundo: Sundance. Y aun más avergonzados estarán cuando sepan que la película ha firmado un contrato de distribución mundial. Lo que sucede es que el cine de verdad, con el que se comunican todos sin importar el idioma, no busca la verdad absoluta o la bondad, ni siquiera se acerca a ellas, a veces simplemente a través de una metáfora sencilla nos habla de aquello que somos y no sabemos o no queremos saber.

En este caso es la historia de dos asesinos a sueldo, luchadores y profesionales en su oficio como todo buen colombiano, quienes, gracias a un macabro plan de su patrón, son puestos en la misma habitación de un hotelucho del centro de Cali, hasta que se les caiga cuero, se acentúe el miedo y se les vaya viendo el alma. La ciudad huele a tierra y un sensual sofoco mantiene inundado el ambiente. Poco a poco Peñaranda y Luna Negra van dejando ver de qué están hechos…

Con excepción de Álvaro Rodríguez que se repite irremediablemente hasta el autocliché, el cuerpo actoral es compacto y funciona con la eficacia de un reloj clásico de sincronización manual. En especial Marlon Moreno construye un personaje al que logra vérsele el demonio que carga adentro, su combinación entre el desespero de un padre atormentado y la tranquilidad del asesino frío, nos obsequia el placer de seguir durante la película el desarrollo de un individuo complejo, como pocos tenemos en el cine nacional. No en vano acaba de ganar el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Guadalajara.

Perro come perro tiene el nivel técnico de cualquier cinematografía industrial, eso ya ni siquiera importa, pues es lo mínimo que el público merece de su propio cine; lo que sí importa es su tono. A la manera de una suerte de cine negro posmoderno, con un aire pausado que salpicados de sangre nos deja respirar –arte propio de los directores oscuros con oficio– la película deambula entre la sátira velada y el horror criminal más decadente.

No es un filme perfecto, ni mucho menos la mejor película colombiana, pero sí la evidencia digna y respetuosa de una cinematografía que lentamente se solidifica.

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