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La gran casa, de Nicole Krauss. Por: Alberto de Brigard

La gran casa, de Nicole Krauss.

Crítica libros

Recordar es ser

Por: Alberto de Brigard

Publicado el: 2013-02-19

Shakespeare sugirió, en una frase que ha resistido casi cinco siglos de repetición, que nuestra sustancia es la misma de los sueños. Al igual que algunos contemporáneos filósofos de la mente, varios de los personajes de la más reciente novela de Nicole Krauss le replicarían que, más bien, estamos hechos de la materia de nuestros recuerdos. Para estas personas, el eje y el motor de sus existencias pueden reducirse a la persecución (o al ocultamiento) de un hecho particular, en gran medida desconectado de sus circunstancias cotidianas, pero anidado para siempre en sus cerebros.

El libro de Krauss está compuesto por cuatro historias independientes, que tienen ocasionales puntos de contacto porque en varias de ellas figura un objeto que es, en sí mismo, un símbolo no muy sutil de la memoria: un aparatoso escritorio decimonónico, con numerosos cajones de diversos tamaños, alguno de ellos cerrado con una llave perdida. Este mueble es a la vez un elemento que favorece el trabajo de sus poseedores (porque hay un par de escritores entre esos personajes), y un estorbo para sus dueños cuando quieren cambiar de ciudad, de entorno o de oficio. Como cosa curiosa, las maniobras para dar unidad a la novela son su aspecto más débil: las historias no adquieren un significado o un interés adicional por el hecho de estar ligeramente interrelacionadas; no obstante el problema no es demasiado grave, porque los cuatro relatos tienen sus propios atractivos y la lectura interrumpida a la que nos obliga la autora no es excesivamente distractora.

Los escenarios de La gran casa son los habituales de la obra de Krauss: Nueva York, Jerusalén, Europa oriental. Eso nos sugiere que el gran telón de fondo de su creación sigue siendo el de las vicisitudes de la vida de los judíos en el último siglo. De hecho, la gran casa del título es una metáfora que tiene, para los judíos de la diáspora, el mismo sentido que el escritorio de la novela para algunos de sus protagonistas: ser un receptáculo de la propia identidad y un punto de referencia para imprimir algo de continuidad a unas existencias truncadas en las formas más arbitrarias y dolorosas.

Por supuesto las historias sobre la memoria son casi siempre historias sobre la pérdida: de los padres, los cónyugues o los hijos. Krauss muestra gran sensibilidad para seguir las rutas de los alejamientos entre los seres queridos, y los esfuerzos, a veces infructuosos pero siempre sinceros, que hacen algunos de sus personajes para mantener vínculos en medio de la confusión, la lejanía o, simplemente, en contra del olvido que llega inevitablemente con el paso del tiempo. Un rasgo especial de este libro es su visión perspicaz, compasiva y profunda sobre temas relacionados con la paternidad, específicamente en lo que se refiere a las angustias de un hombre que intenta por todos los medios comprender la personalidad evasiva y reservada de un hijo cuya sensibilidad alcanza a dificultarle la vida cotidiana y que, por si fuera poco, ha tenido que pasar por la experiencia de pelear una guerra.

La contrapartida obvia del tema de la paternidad es el de la maternidad. En la historia en la que hay mayor referencia a una mujer que es madre encontramos un personaje inusual e interesante: alguien que durante toda su vida ha sentido la necesidad de ocultar, aun a su marido, que alguna vez tuvo un hijo y los motivos que la llevaron a alejarse de él. El descubrimiento de este secreto desencadena algunas de las reflexiones más conmovedoras y sugestivas de todo el libro.

La experiencia de leer La gran casa es, en ciertos sentidos, extraña cuando se la compara con otras novelas: en algún punto el lector acepta que la elaborada estructura de la obra, sus desvíos y los saltos de una historia a otra no son particularmente exitosos, pero el poder de las ideas y de la expresión de la autora son suficientes para mantener un constante interés en el libro. Al terminarlo, varios aspectos de la trama se disuelven sin cierres o conclusiones; no obstante, queda el gusto de haber dedicado tiempo y atención a temas que los merecen, en compañía de una autora que tiene cosas inesperadas y valiosas para decirnos.