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La gran estafa

Nicolás Mendoza reseña la película de Ray Lawrence, Jindabyne

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

Ir a cine pagando, es ir a que nos mientan. Sabemos que Vito Corleone no existe sino que es Marlon Brando con un disfraz, pero los espectadores suspendemos generosamente la incredulidad; creemos de buena gana en don Vito Corleone. En el cine hay un repertorio inagotable de recursos para que creamos cualquier historia: el manejo de la cámara, de la música, de los actores, de los efectos especiales, de la iluminación, del vestuario, de la edición, etc. Si todo esto es honesto, hecho con amor y tiene sentido, le serán abiertas las puertas de la “acogedora imaginación” (una hermosa expresión de Borges) de los espectadores, que es donde se consuma en realidad el cine. Don Corleone existe.

En Jindabyne, la acogedora imaginación de los espectadores recibe un trato descortés: muchas cosas les son prometidas y ninguna de esas promesas se cumple. Toda la película es un largo ejercicio de expectativas creadas que decepcionan. Algo tan grosero como insultar a quien nos ha abierto las puertas de su casa.

En un comienzo, se establecen expectativas alrededor de un lago con un pasado turbio: para crearlo se inundó el antiguo pueblo de Jindabyne, y se rumora que bajo el agua siguen vivos los antiguos habitantes del pueblo. Dos niños misteriosos conspiran a espaldas de sus padres sobre algo que no comprendemos claramente; parecen tener un plan relacionado con el lago.

Más adelante, el papá de uno de los niños, Stewart (Gabriel Byrne), va con unos amigos a pescar y encuentran el cadáver de una mujer en el río. Como están de paseo deciden notificar del hallazgo a las autoridades a su regreso, dos días después (¿qué son dos días si ya está muerta?). Esta decisión los convierte en parias porque dos días importan mucho cuando se trata de la dignidad de un muerto. Por ese motivo el matrimonio de Stewart entra en crisis.

En una tensa escena, Claire (la mujer de Stewart interpretada por Laura Linney) se topa con el asesino en una carretera solitaria, pero no pasa nada. Cuando los niños se zambullen en el lago embrujado ya sabemos que tampoco va a pasar nada porque el director nos ha estado jugando la misma broma pesada durante más de dos horas. La escena de los niños en el lago debe durar por lo menos diez minutos, tiene tomas subacuáticas estilo Tiburón y música incidental de suspenso. Los niños parecen estar en peligro, pero salen del agua caminando y se acaba la escena. Son niños normales, el lago no está embrujado.

La fórmula es hacer que el espectador invierta algo (un poco, mucho, no importa) de su capital emocional en una situación mediante diferentes técnicas de insinuación cinematográfica, para luego mostrarle que no había nada en lo que valiera la pena invertir. Después de pasar dos horas repitiendo una y otra vez la misma operación, es imposible no salir del teatro sintiéndose robado. Todos los demás ingredientes parecen puestos allí como baratijas de consolación. ¿Qué importan los paisajes australianos, o la actuación de Gabriel Byrne si el espectador ha sido objeto de una estafa emocional?

La diferencia con el cine oriental, en el que muchas veces no pasa nada, es diametral. En el cine oriental no hay promesa, la cámara nos muestra el mundo para que lo contemplemos como es; hay una especie de lujuria de las cosas sencillas. En cierto sentido, en el cine oriental solemos salir con más de lo que esperábamos. El reparo con Jindabyne no está en la lentitud sino en las expectativas sistemáticamente defraudadas. La historia del cadáver de la muchacha podía contarse, y mejor, sin someter al espectador a estas repetidas decepciones narrativas.

Por eso, para evitarles a los lectores dos horas de tedio y el molesto sentimiento de haber sido timados les cuento el final: a la chica la entierran y le cantan una canción.

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