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La historia sin fin

Juan Carlos González reseña el film de David Fincher, Zodíaco

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

¿Cómo reseñar una película de suspenso sobre un asesino en serie, sin revelar detalles cruciales al espectador que aún no ha visto el filme? El asunto se torna complicado, más cuando todo el largometraje (nunca la palabra “largo” ha tenido tanto sentido como acá) está dedicado a la investigación criminal que llevará –se supone– al esclarecimiento de los hechos y a la captura del culpable. Así que cualquier cosa que digamos acerca del argumento podrá arruinar la propia experiencia del público, muy a la expectativa del estreno de Zodiaco (Zodiac, 2007), sobre todo por la trayectoria del director David Fincher, otrora realizador de videos y ahora hábil narrador fílmico, tal como lo prueban Seven, El juego, El club de la pelea y La habitación del pánico. A él es posible acusarlo de manipulador, pero no de aburrido. Hasta ahora.

El asunto es que en Zodiaco, Fincher ha decidido acabar con los personajes y reducirlos a la cáscara externa, pero quitándoles el contenido, despojándolos de vida propia. Lo que queda de la película, una vez sustraída la gente, es una serie de criptogramas, crímenes perfectos, datos imprecisos, seudorrevelaciones, pistas falsas, cartas, amenazas, huellas dactilares, testimonios, entrevistas, declaraciones, folios, carpetas, artículos periodísticos, montañas de hojas, decenas de nombres, confusión y tedio. Le toma al director más de dos horas sedimentar un cúmulo de información documental que amenaza en muchos momentos en hacer naufragar la película, sobre todo porque no hay ningún personaje que la haga mantener a flote, pues todos están reducidos a canales a través de los que la información –que por momentos parece tener vida propia– surge, fluye, se confunde y se diluye. Pero no es que los actores no funcionen, por el contrario, el nivel de Jake Gyllenhaal, Mark Ruffalo, Robert Downey Jr. y John Carroll Lynch es muy bueno, considerando que la película no se centraba exactamente en ninguno de ellos, sino sobre las obsesiones, frustraciones y dolores derivados de este caso criminal que no alcanzan a asir. Es posible sentirse por momentos en medio de Los hombres del presidente –ambas cintas relatan sucesos reales– con la diferencia de que en la película de Alan J. Pakula residían seres humanos con una motivación, y se circunscribía a unos eventos no muy claros, pero que era posible delimitar.

En Zodiaco no es así. Fincher y su guionista, James Vanderbilt, apelaron a la fidelidad al texto de Robert Graysmith escrito en 1986, que está lleno de datos, fechas, conjeturas y posibles revelaciones, y olvidaron darle un ritmo más expedito al filme, que progresa con lentitud, pues soporta sobre su espalda el peso de un rompecabezas con demasiadas piezas por ubicar y al parecer con algunas faltantes y uno que otro truco. ¿El resultado? Una película que intelectualmente funciona, pero que es confusa por lo repetitiva y por lo demasiado prolija. Parece que no quisieron dejar ningún detalle sin cubrir, ninguna pista que desearan que nosotros mismos descubriéramos. Todo nos lo cuentan, todo. Hubiera sido mejor que nos lo mostraran, porque esto es una película y no un libro. A propósito hemos bautizado este artículo como “La historia sin fin” y no nos estamos refiriendo exactamente a la extensión evidentemente larga de Zodiaco

Por lo menos aspiramos a que las cuatro palabras del título les dejen un misterio por resolver. A ver si así la frustración al salir de la sala de cine no es tanta.

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