A mediados del siglo XVIII, el almirante Edward Vernon dirigió el mayor ataque de la Corona inglesa contra las posesiones españolas en el Nuevo Mundo. El objetivo de su enorme flota iba mucho más allá de tomar Cartagena. Su caída abriría las puertas del Spanish Main, como llamaban al enorme territorio del Imperio Español en Suramérica. De ahí que su inverosímil derrota a manos de una defensa famélica comandada por un comandante mutilado y tuerto como Blas de Lezo, es un episodio crucial que los ingleses olvidan por vergüenza y los españoles por amnesia.
El ex congresista vallecaucano Pablo Victoria aprovecha esa circunstancia en El dia que Cartagena derrotó a Inglaterra. Pero su mirada al episodio parece más dirigida a complacer a cierto sector del público español, que a dilucidar lo que pasó en esos meses en que estuvo en juego la suerte del subcontinente. Su objetivo parecería ser ese mismo lector al que cortejó con sus obras anteriores, escritas en Madrid, donde Victoria vive hace algunos años y se nacionalizó. En ellas pone de cabeza la historia de la independencia de la Nueva Granada y despotrica contra sus héroes, mientras los españoles aparecen como víctimas. Allí, por ejemplo, Bolívar es un genocida mientras los militares españoles solo buscan rescatar la integridad de su patria. No sorprende que las páginas ultraconservadoras de la web ibérica saluden a Victoria con entusiasmo desbordante.
Ese ejercicio de desmitificar los aspectos idealizados de una narrativa nacionalista no es malo en sí ni carece de antecedentes, basta mencionar los trabajos del recordado y respetado Arturo Abella. Lo que resulta cuestionable en la obra de Victoria es su claro interés en cosechar los frutos del revisionismo reaccionario puesto en boga en España, entre otros, por el periodista Pio Moa, quien no ha tenido inconveniente en tergiversar, sin más argumentos que sus afirmaciones, la historia de la guerra civil que desangró al país en el siglo XX. En este caso, Victoria se enfoca en desvirtuar a sombrerazos la leyenda negra de los españoles en América, a tiempo que endulza sus oídos con odas a una supuesta identidad entre criollos y peninsulares que nunca debió haberse roto.
Para ello, no tiene inconveniente en pintar a las colonias de Madrid como paraísos en los que los indígenas y los esclavos gozaban de derechos que escandalizaban a los anglosajones, mientras éstos aparecen como sátiros entregados en Jamaica a las prácticas más decadentes. Tanto es su interés en plantear ese contraste, que pone a Lawrence Washington, un medio hermano del futuro primer presidente de Estados Unidos, a afirmar que esas actitudes de los españoles los convierten en una amenaza.
Lo que es peor, en su afán por novelar la narración se toma licencias que sobrepasan los límites. Ese oscuro Washington, por ejemplo, aparece como un gran gestor que en una reunión en Jamaica se “amanguala” con Vernon para atacar Cartagena, mientras el verdadero contexto histórico: la guerra declarada por el parlamento inglés bajo la batuta del hombre fuerte Robert Walpole (quien perdió el poder a raíz del desastre), queda en un segundo plano. El autor asciende a Washington a reclutador y comandante de las tropas enlistadas en varias colonias norteamericanas, olvidando que apenas tenía 20 años, y escasamente dirigió una compañía de virginianos.
Y una de las imprecisiones es tal, que pone en duda la verosimilitud de todo el texto. Según éste, las tropas de los agresores fueron comandadas por el general Cathcart, quien aparece montado en su caballo dirigiendo a sus soldados. Tal vez si eso hubiera sucedido, esta reseña habría sido escrita en inglés, porque Lord Cathcart era un comandante experimentado y hábil cuya presencia, según los historiadores más respetables, podría haber significado la victoria de los casacas rojas. Solo que murió de disentería en Jamaica, en ruta hacia Cartagena, a donde nunca llegó. No hay derecho para tanto populismo histórico, ni para tanta irresponsabilidad editorial.
¿Cuál de los siguientes museos hay que conocer antes de morir?