La madre imaginada

Alejandro Quintero reseña "Sin arte" de Peter Esterházy.

2011/01/25

Por Alejandro Quintero


“A veces me siento decididamente satisfecho al creer comprobar que no cabe ninguna esperanza de poder verter algo mío a otra lengua”, dice Péter Esterházy, con orgullo húngaro, hacia el final del libro. Pero, ¿no es la madre el tema más universal de todos, el más traducible, la experiencia más compartida por todos los seres humanos? ¿O, más bien, existiría un tipo de madre específicamente húngara, que los colombianos, por poner un ejemplo, no podríamos entender?

En un primer momento pareciera que todas las madres fueran idénticas, o por lo menos bastante similares: únicas (madre sólo hay una), tiernas, amorosas, abnegadas, protectoras y, en ciertas ocasiones, implacablemente severas. Sin embargo, en un segundo momento, al enfrentarnos con la madre específica de Esterházy, se derrumban las similitudes. En efecto, pocas comparten con igual devoción esa desmedida pasión por el fútbol, casi religiosa, que la caracterizaba, y en la que se centra el escritor con su humor único, muy negro en ocasiones, hiperbólico y absurdo en otras, divertido siempre.

No hay página en la que olvide recordarnos que “la comedia está siempre a un paso de la tragedia”. Una vez el lector empieza a mirar más allá del humor y el espectáculo del fútbol, entremezclados con hilarante sutileza en la novela, vislumbra un sombrío telón de fondo. Una vez la brillantez de la selección húngara de los cincuentas, el “equipo de oro” que nunca obtuvo un merecido mundial, con Ferenc Puskás a la cabeza, cede el paso a la “pragmática y cínica” dictadura de János Kádár, el humor deja de ser alegre para tornarse escapismo puro. De igual manera el fútbol. En un país sometido por el miedo, espiado y vigilado por su propio gobierno, explotado en aras de unos ideales que nunca se revelaron tangibles, el pueblo sueña y vibra con el deporte más hermoso del mundo. Como el resto de los húngaros, la madre de Esterházy “se pasó la vida refugiándose”, huyendo del horror de las persecuciones, del vacío de las desapariciones, de la arbitrariedad de las opresiones para terminar, por fin, único solaz resplandeciente, amando el espectáculo de los pases, los tacos, las cabecitas y los goles. Hungría, cabizbaja, sólo alzaba la cabeza para admirar y gritar, voz en cuello, ya con todo el resentimiento liberado, las brillantes jugadas de Puskás, las atajadas de Kocsis, los pases de Bozsik y los “centros” de Hidegkuti.

Esterházy mira de frente al recuerdo de su madre transitar por este paisaje histórico desolador. Y la imagina amante de Puskás, con esa envidiable capacidad fabuladora que le permite moverse con familiaridad entre digresiones, sueños y estructuras caóticas; la imagina, además, no sólo conocedora sino erudita del fútbol; la imagina irresistible, recrea su imagen, juega con ella, la idealiza, la purifica destacando sus cualidades más notables. En fin, la imagina viva. ¿No sería este también el propio refugio del escritor, incapaz de asumir la muerte de su madre, ocurrida en 1980, o se trata, más bien, de un recurso literario para esclarecer, una vez más, el papel jugado por el fútbol en esa Hungría de los cincuentas, tan humillada, tan necesitada de alegría? Sin Arte lleva a un delicioso extremo, entre divertido y aterrador, la naturaleza paradójica de la “biografía de ficción”, en la que un hijo retrata a su madre como le gustaría que la recordasen. Poco importa, entonces, que en realidad la madre de Esterházy nunca entendiera el fuera de juego. En la novela lo explica de maravilla.

Sin arte

Péter Esterházy

Acantilado, 2010

232 páginas

$69.900

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