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La madrina tiene un ojo morado

Juan Carlos González reseña la última película del director neoyorquino Jonathan Demme, El casamiento de Raquel

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

Parece una película dirigida por la danesa Susanne Bier: tiene un aire a Dogma 95 y un manejo del melodrama digno de la directora de A corazón abierto. Pero en realidad El casamiento de Raquel (Rachel Getting Married, 2008) es del neoyorquino Jonathan Demme, el hombre tras Stop Making Sense, El silencio de los inocentes y Filadelfia, navegando en esta ocasión en un terreno donde Thomas Vinterberg, Lars von Trier y los demás daneses han mostrado de sobra sus habilidades.

Aceptémoslo: el guión de Jenny Lumet —una actriz hija del maestro Sidney Lumet— está lleno de lugares comunes y golpes bajos dignos de cualquier telenovela local. Demme supuso que los excesos argumentales se disimulaban mejor si los filtraba a través de una filmación de corte semidocumental, con cámara en mano, que le sirviera de distractor. Quizá se acordó de Celebración (Festen, 1998), donde los espinosos secretos que salen a la luz en ese filme parecen empequeñecerse ante la contundencia de una narración —paradójicamente— tan desnuda como la del Dogma 95. Así puede explicarse la caprichosa decisión de rodar la película de este modo.

Con el veterano cinematografista Declan Quinn tras una cámara nerviosa y necesariamente intrusa, Jonathan Demme nos lleva al infierno a fuego lento de una familia que esconde una tragedia que la ha marcado (no lo duden: nos la van a revelar detalle a detalle) y que por más que la sepulten, cada tanto vuelve a revivir. Kym (Anne Hathaway) es la encargada de hacerles recordar periódicamente que viven bajo esa sombra amenazante. Es la hija incómoda, la drogadicta que sale temporalmente del sitio donde está recluida para asistir a la boda de su hermana mayor. La joven actriz trata (y consigue) darle peso a un papel que es ante todo un estereotipo: ella es la de las salidas en falso, la de las declaraciones embarazosas, la del discurso a destiempo. Es la conciencia que nadie quiere oír y que en secreto odian. Kym dice y hace en esos días previos a la boda de Raquel todo lo erróneo que se espera que diga y haga. No va a defraudar a nadie: ya hace mucho que no esperan nada de ella.

A su alrededor gravitan su hermana, su padre bonachón y confundido, su fría madre —interpretada por Debra Winger con distancia y decoro— y una colección de personajes variopintos, a veces dignos de una carpa circense, que parecen haber ocupado el hogar y que en realidad son los encargados del detallado montaje de una boda muy poco convencional. Cuando llegamos a esa ceremonia ya esta familia está de nuevo con las heridas a flor de piel, tras nuevas y sucesivas batallas en un campo por ellos bien conocido, y a lo mejor están dispuestos a un poco de paz. Ya han tenido suficiente por esta vez. Saben que no será la última, por eso una tregua parece necesaria. Sobre todo porque el director desperdiga clímax dramáticos sucesivos que no dan espera ni tiempo para respirar. Cuando Raquel ayuda a Kym a bañarse, a aliviarle los moretones del cuerpo, que no del alma, entendemos que han bajado la guardia. Llega entonces por fin el esperado matrimonio.

Y en ese momento, con esa celebración neohippie y progresista, Jonathan Demme gana la partida de un filme hasta ese momento predecible. Él también vio que era hora de distensionar la narración y nos ofrece un río de colores, palabras, música multiétnica, baile y alegría que es un inesperado placer. La secuencia es de un romanticismo casi bochornoso, pero en la guerra y en el amor todo se vale, hasta el ojo morado de Kym.

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