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La mirada de Pécaut

Rodrigo Pardo reseña Crónica de cuatro décadas de política colombiana de Daniel Pécaut

2010/03/15

Por Rodrigo Pardo

¿Crónica? Éste es el término que escogió Daniel Pécaut para encabezar el título de su último libro y para arrancar su, entre interrogantes, prólogo. La utilización del vocablo merece explicación. El texto no es una crónica en el sentido periodístico. Tampoco es un solo relato, sino una colección de artículos elaborados a través de varios años. Ahora son recogidos en 543 páginas. Casi la mitad ya habían sido impresos (“Crónica de dos décadas...”) y ahora se completan con trabajos que cubren hasta la mitad del primer cuatrienio de Álvaro Uribe.

Volvamos a lo de “crónica” (ya insinué que sería más correcto hablar de “crónicas”, en plural). Pécaut, director de la Escuela de Altos Estudios Sociales en París, es uno de los analistas extranjeros que en forma más constante y consistente se ha ocupado de Colombia. Comenzó hace cuarenta años, con ensayos que tenían por objeto darles a conocer a los franceses la realidad de un país lejano y desconocido. Los textos con frecuencia hacen alusión a hechos muy conocidos para los colombianos.

La intención de relatar es evidente, aunque sería un error menospreciar la alta dosis de interpretación y análisis. El libro tiene un estilo muy diferente al de otros analistas externos de la realidad colombiana, que con frecuencia hacen inútiles esfuerzos por meter a Colombia en sofisticados modelos teóricos que no ayudan a discernir la sui generis situación nacional. La aprensión de Pécaut frente a esas concepciones queda claro en la propia introducción (escrita en 1988). Allí deja de lado, con argumentos y escepticismo a la vez, definiciones de sus colegas de la época, sobre todo estadounidenses, para dedicarse a narraciones más sencillas. Gracias a este tratamiento, el libro no solamente es útil para los analistas sino para un público más amplio. De paso, el evidente desprecio por los lugares comunes lo vuelve seductor e interesante.

Pécaut tiene otro acierto. Reconoce el valor de los elementos democráticos del sistema político, aunque señala también su coexistencia con procedimientos de militarización y conflictos sociales, pero señala sin recato los errores de los distintos presidentes: la pérdida de iniciativa de Belisario Betancur después de los acuerdos de paz, la falta de estrategia de Andrés Pastrana en la conducción del proceso del Caguán, o las tentaciones de tinte autoritario de Álvaro Uribe después del referendo de 2004.

Si hubiera que escoger una columna vertebral para las diversas “crónicas”, habría que señalar que el autor le concede una gran importancia al desafío que ha significado el narcotráfico para la institucionalidad democrática. Los textos sobre el embate de los carteles durante el gobierno de Virgilio Barco son particularmente inteligentes. El autor muestra que esta amenaza desde finales de los ochenta le dio origen a una nueva violencia, distinta y desconectada de la de los años cincuenta. La droga ha tenido consecuencias que conducen a una conclusión pesimista: la degradación del conflicto y el desencanto hacia la política “han contribuido a que la guerra colombiana se vuelva interminable”.

Se puede estar en desacuerdo con algunas interpretaciones. La mayoría, sin embargo, son lúcidas, y todas, sin excepción, estimulan la meditación. La colección de textos tiene un lamentable vacío en el gobierno de Ernesto Samper. ¡Hace falta la reflexión sobre los efectos institucionales del Proceso 8.000! Y hay tantos errores injustificables de ‘dedo’, solucionables con un corrector eficiente, que el punto deja de ser menor. No obstante, desde luego, la lectura vale la pena. Contribuye a una misión casi imposible: entender la política de este complejo país.

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