BUSCAR:

'La muerte del padre' de Karl Ove

Portada y datos de 'La muerte del padre'.

Crítica libros

La profundidad de lo banal

Por: Consuelo Gaitán

Publicado el: 2012-10-30

La literatura es un género íntimo: solo es un lector y un escritor. Esto comenta Knausgard tratando de explicarse el gran interés que ha suscitado su autobiografía en seis volúmenes, alrededor de tres mil quinientas páginas, y cuya primera parte, La muerte del padre, acaba de aparecer en español. “Tiene que ver con lo que hay en el interior de cada una de las personas”. No es fácil explicarse por qué la narración de unos episodios tan banales como la primera borrachera de un adolescente, la conflictiva relación con su padre, la curiosidad e iniciación en el sexo, puedan suscitar tanta avidez en un lector común, hasta el punto de haberse convertido en un fenómeno de ventas en varios países. En Noruega, de donde es originario el autor y cuya población no llega a cinco millones de habitantes, se han vendido más de quinientos mil ejemplares, es decir, ya la han leído el equivalente a poco menos de todas las personas que se necesitan para elegir un alcalde para la ciudad de Bogotá.

Efectivamente tiene que ver con el interior de las personas. Porque lo que logra el autor es conmover al lector al descubrirse a sí mismo con absoluta sinceridad. El narrador relata los episodios más triviales de su vida cotidiana pero en un tono tan personal y profundo, tan marcado por el sentimiento que lo envuelve al ser consciente de su propia individualidad, con todas sus determinantes –la familia, el entorno social, el rostro y la figura, los miedos–, que el lector respira en ese mundo con total naturalidad. Se logra establecer una relación íntima entre ese sujeto que se describe y ese sujeto que percibe que también ha sentido y pensado de forma parecida. Es lo paradójico y sorprendente del arte: poder acceder a lo universal a través de lo particular y encontrar la profundidad en la banalidad. Y, por supuesto, están presentes los temas que hermanan a la mayoría de los seres humanos: los temores, los amores, los miedos, las dudas… Aunque la sociedad noruega pueda parecerse poco a una latinoamericana, los individuos particulares tienen búsquedas parecidas. La más universal: la búsqueda de sentido.

Pero no crean que les estoy hablando de una novela filosófica, ni de un tratado de metafísica. Estoy tratando de comentar una novela que alguien denominó como una autobiografía confesional, cuyo trasfondo no es otra cosa que el relato de la vida de un hombre al que la indiferencia de su madre y el temor que le inspiraba su padre lo atormentaron de tal forma que por poco queda convertido en un alcohólico, mediocre y frustrado ciudadano nórdico. Cuenta Knausgard que duró cuatro años paralizado sin saber cómo abordar este relato, sin encontrar la forma ni el tono, aunque sí tenía clarísimo que el tema era la relación con su padre. Con una sinceridad casi hiriente, muestra las bajezas y debilidades tanto suyas como de su familia. Qué dolor el de este niño de quien su padre se burlaba por no saber pronunciar la letra erre, qué honda desesperación cuando creyó que no podría nunca acostarse con nadie por una leve inclinación en su pene, ¡ese pavor antes de llegar a su casa y ver el carro de su padre y saber que estaba allí…!

El relato está lleno de imágenes de sentimientos tan viejos como el mundo: humillación, abandono, incomunicación, soledad, desolación, desasosiego. Pero siempre está detrás esa pregunta por el sentido: “Se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos. Eso no significa que no los quiera, porque sí los quiero, con todo mi corazón, solo significa que el sentido que proporcionan no puede llenar una vida. Al menos no la mía”.

Se requiere una alta dosis de coraje para enfrentar así el propio destino (el título de toda su autobiografía es Mi lucha, en clara referencia a Hitler), incluso para vulnerar con riesgo de herir a sus seres queridos. Para nosotros, sus lectores, es una experiencia casi inédita leer una voz tan natural y con una óptica tan escueta de las cosas: “Lo único que me ha enseñado la vida es a soportarla, nunca a cuestionarla, y a quemar en la escritura los deseos generados”. ¡Y qué hoguera la que armó!