RevistaArcadia.com

La muerte le sienta bien

Juan Carlos González reseña la película japonesa ganadora del Óscar, Violines en el cielo

2010/03/16

Por Juan Carlos González A.

El Óscar a la mejor película en lengua extranjera es una de las categorías de los premios de la Academia de Hollywood que más polémica e inconformidad causan. Es cierto que a lo largo de los años ha distinguido a directores y obras más allá de toda duda –Bergman y El manantial de la doncella, Fellini y La Strada, Kurosawa y Dersu Uzala, Truffaut y La noche americana), pero también que en muchas ocasiones ha premiado obras menores, conformistas o que responden a los infaltables intereses políticos y económicos de turno. Amén de lo discriminatorio que resulta juntar todo el cine hecho fuera de los Estados Unidos y pretender homogenizarlo para de ahí escoger cinco filmes candidatos y luego un ganador, como si tal cosa fuera posible. Pero bueno, son sus reglas de juego: uno verá si se somete a ellas. A nadie lo obligan.

El año pasado en esa categoría ocurrió una sorpresa, una película japonesa –Okuribito (2008)– derrotó a las archifavoritas La clase y Vals con Bashir. Pareciera que ambas resultaban algo incómodas para las conservadoras conciencias de los miembros de la Academia, que prefirieron no correr riesgos e irse por lo seguro. Ahora la película premiada –que en Estados Unidos se conoce como Departures, en España como Despedidas, en Argentina como Final de partida y en México y Colombia como Violines en el cielo– ya se estrenó entre nosotros. Obviamente había que verla.

Y aunque llega precedida además por una enorme cantidad de premios en Oriente y un récord de taquilla en Japón, la verdad es que la película –aunque tiene elementos meritorios– se antoja calculada para agradar sin complicaciones al público occidental. Es un cine japonés tipo exportación, para decirlo de otra forma. Se trata de la historia de un joven violonchelista, Daigo Kobayashi, que ante la clausura de la orquesta en la que trabaja, tiene que volver al pueblo donde nació y conseguir otro trabajo. Se convierte, muy a su pesar, en un aprendiz de nokanshi, la persona encargada de preparar los cuerpos de los difuntos para dejarlos listos para su viaje final.

Pareciera, según la película, que este oficio no goza de mucho aprecio social y a Daigo le cuesta trabajo adaptarse a él, generando incluso unas secuencias supuestamente cómicas contagiadas de la irritante sobreactuación de las comedias niponas, que por poco terminan por hacer añicos al filme. Por fortuna no son extensas y Violines en el cielo recupera la senda dramática, que es la que mejor le sienta. En la descripción de la ejecución del ritual del nokan –realizado con toda delicadeza frente a los deudos del difunto– la película alcanza un notable y conmovedor lirismo. El trabajo del joven y el de su mentor (interpretado por Tsutomu Yamazaki, veterano actor de Kurosawa) les permite a los familiares tener un muy cálido último recuerdo de quien falleció, y en la satisfacción de este deber cumplido encuentra Daigo lentamente la dignificación de su oficio, que incluso le deja al final resolver una crónica y dolorosa ausencia personal.

De no haber condescendido a clichés y a subrayados tragicómicos, fotográficos y musicales que buscan –y consiguen, sin duda– un golpe de efecto sobre el espectador, Violines en el cielo sería una digna heredera de la muy noble tradición cinematográfica japonesa. Pero prefirió acercarse demasiado a los usos y costumbres narrativas occidentales y con ello arriesgar a perder la transparencia que una obra artística no puede comprometer. Pudo haber sido sublime, prefirió ser apenas adecuada.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.