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La música callada. La soledad sonora

Santiago Espinosa reseña la antología compilada por Federico Díaz-Granados, La música callada. La soledad sonora Festijazz de Manizales, 2008 78 páginas

2010/07/02

Por Santiago Espinosa

Poemas sobre el jazz, ¿es esta antología —otra más— entre tantas y tantas que hoy llegan a nuestras manos? No del todo. La música callada. La soledad sonora nos regala momentos muy altos como Langston Hughes, que abre el libro, el extraordinario poema de Eielson sobre Charlie Parker, y otros hallazgos como José María Fonollosa y Philp Larkin. Bastaría con esto para salvar el libro.

Sin embargo, a esta antología hay que pedirle más, que a través de una lectura personal, inteligente, nos ayude a entender la relación entre el jazz y lo poético. Si se tiene el precedente de La poesía del jazz, que publicó la revista Litoral hace unos años, hay buenas razones para ser exigentes.

Y ahí es donde el trabajo de Díaz-Granados se muestra insuficiente. Con el viejo truco de “no busca ser una rigurosa ni completa antología sino un compendio de afectos”, el libro, de buen comienzo, va desfalleciendo hacia el final, cuando incluye a los poetas en lengua española que escriben hoy, como es el caso de José Luis Díaz-Granados (padre del antologista), René Rodríguez y Francisco Morales, con un poema dedicado al propio Díaz-Granados. El prólogo justifica estas inclusiones cuando nos dice: “El jazz es el componente móvil que permite que el arte de hoy tenga un lenguaje nítido a la estatura de su tiempo y de su época y de la creación”. Pero a juzgar por esta selección, desigual, con más ausencias que nombres, paradójicamente se nos demuestra lo contrario. Y más cuando se incluyen poemas del blues —otro universo— como si el jazz no se valiera por sí solo, y cuando el mejor poema del libro, de Eugenio Montejo, no tiene mayores relaciones con la música en general.

Explicaciones algo simplistas: hay “una geografía común a la inmensa patria latinoamericana”; “New Orleans se parece a Barranquilla tal como nos lo recuerda Carlos Vives en sus décimas”. Otras no menos discutibles: “El jazz es a la música lo que la metáfora y la imagen son a la poesía”. ¿No había ya imagen en los griegos? ¿Metáforas en Debussy? Con estas frases vacuas, desproporcionadas, se entorpece la honestidad con la que se emprendió esta antología: nos revelan muy poco sobre el jazz, y aún menos sobre la poesía misma. Una antología tiene que ser necesaria. Si lo que se quiere es mostrar poemas así sin más, relacionar la poesía con el jazz, con el joropo o alguna otra cosa, habría que recordar que existe Google.

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