La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, Santiago Posteguillo, $39.000

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros

Mucho efectismo, poco fondo

2013/05/17

Por Mauricio Sáenz

Este libro de Santiago Posteguillo, escritor de moda en España por sus novelas históricas, tiene una portada muy llamativa y un título que reclama la atención. En efecto, La noche en que Frankenstein leyó el Quijote clama desde las estanterías un “cómprame” difícilmente resistible.

Y sí, hay que reconocer que ver al monstruo creado por Mary Shelley sentado junto a la chimenea leyendo la obra de Cervantes es ingenioso, pero a decir verdad resulta demasiado efectista. No solo porque la aficionada al manco de Lepanto era la autora y no el personaje, ocupado como estaba en defenderse de los aldeanos que lo querían quemar, sino porque el verdadero Frankenstein era el médico loco creador del abominable (aunque en últimas tierno) engendro, del que nunca se conoció nombre alguno, faltaba más.

Y lo malo es que esa concesión a la espectacularidad no afecta solo la portada. La tendencia se aprecia también desde el segundo capítulo, titulado “Los vikingos y la literatura”. Por supuesto, esa frase no tendría nada de cuestionable si no fuera porque la relación a la que se refiere nada tiene que ver con las sagas nórdicas sino con la circunstancia de que esos bárbaros pelirrojos fundaron la ciudad de Dublín, que daría siglos después hijos tan ilustres como James Joyce, Oscar Wilde o George Bernard Shaw.

En otro, titulado “El Ave María de Schubert y la novela histórica”, Posteguillo los relaciona extrañamente a partir del hecho de que el músico austríaco compuso esa obra para musicalizar un poema de sir Walter Scott, el autor de obras claves de aquel género, como Ivanhoe. En “Charles Dickens y la piratería informática”, la relación se vuelve casi ininteligible, pues lo que revela es que el célebre creador de Oliver Twist, más que por haberlas escrito, hizo dinero como lector de sus obras en giras que lo llevaron incluso a Estados Unidos. Y en “El presidente Eisenhower y la rebelión de un Hobbit”, todo se remite a que J.R.R. Tolkien tuvo problemas para defenderse del uso indebido de su obra porque el amo de la Casa Blanca no había firmado la ratificación del convenio de Berna sobre derechos de autor.

Pero una cosa es tratar de impresionar al lector, y otra abordar los temas con ligereza y, lo que es más, con errores factuales. En cuanto a lo primero, Posteguillo aborda muy por encima el asunto de la autoría de las obras de Shakespeare, un tema muy complejo. Y en cuanto a lo segundo, deja maltrecha su credibilidad cuando afirma, hablando de Saint Exupery, que “el presidente Eisenhower se cruzó una segunda vez con la literatura universal” al permitir al piloto francés, autor de El Principito, usar un moderno P-38 en la Segunda Guerra Mundial. Olvida el autor que en 1944 el general era apenas uno de los comandantes de las fuerzas expedicionarias en Europa, y que para entonces el presidente era un vetusto y moribundo Frankin D. Roosevelt.

Nada de lo anterior, sin embargo, se compara con el riesgo asumido por Posteguillo al arrogarse la facultad de poner a hablar a los personajes de sus anécdotas. Se trata de una licencia que camina por la cuerda?floja, siempre en peligro de caer de lo audaz a lo temerario, sobre todo cuando se aplica en función de parecer informal y ligero. A lo que se añade el recurso narrativo, usado hasta la saciedad, de retrasar lo más posible el nombre del protagonista de la historia, asumiendo que el lector se va a llevar una sorpresa. Eso vale, pero no tantas veces.

A pesar de sus fallas –o tal vez por ellas–, el libro tiene gracia y no hay duda de que muchos lectores, sobre todo los más jóvenes, disfrutarán estas narraciones cortas que, en sus momentos más afortunados, cuentan detalles poco conocidos de la génesis de varias obras de la literatura universal. Así algunos de ellos hayan superado hace rato la categoría de “secretos”.

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