Un día es un día Margaret Atwood Lumen $42.000 337 páginas

La otra canadiense

Alberto de Brigard reseña 'Un día es un día' de Margaret Atwood.

2014/06/20

Por Alberto de Brigard

Al hecho de que Alice Munro recibiera el premio Nobel el año pasado solo puede ponérsele un pero: es previsible que el igualmente merecido reconocimiento a Margaret Atwood se aplazará –ojalá no indefinidamente– porque la Academia Sueca puede considerar que es su deber proteger al mundo de una súbita sobredosis de escritoras canadienses brillantes.

Atwood ha abordado con éxito una gama de géneros literarios que pocos autores abarcan: la poesía, el cuento, el ensayo y la novela; en esta última tiene ejemplos sobresalientes de obras de ciencia ficción, novela histórica, novela policial y memorias. Un día es un día es una muy selectiva y precisa recopilación de cuentos provenientes de varios libros publicados originalmente alrededor de la década de 1980. Con buen criterio los editores españoles han agrupado diez historias que recrean diversos momentos en la vida de mujeres canadienses de la generación de la autora, es decir, personas que vivieron su infancia y primera juventud en un país pobre que luchaba contra las estrecheces de la posguerra, el comienzo de la edad adulta en medio de las rebeliones juveniles y de todo tipo en los países occidentales, y se abocan a la vejez entre las incertidumbres del cambio de milenio. Los cuentos propiamente dichos están enmarcados por dos textos más claramente autobiográficos en los que la autora reflexiona sobre aspectos de la personalidad de sus padres. Como resultado se obtuvo un libro mejor armado que muchas antologías de narraciones cortas, sobre todo porque un buen número de situaciones o personajes, al contrastarse con las de otros personajes o situaciones de la misma selección, adquieren connotaciones más ricas, que hacen tambalear de manera estimulante las apreciaciones y deducciones originales del lector.

El texto que abre el libro, “Momentos significativos en la vida de mi madre”, es tal vez el más interesante de esta docena de buenas narraciones. Con base en una sucesión de anécdotas sencillas, Atwood consigue simultáneamente hacer el retrato de una mujer simpática y atrayente, y traer a colación reflexiones sobre su propia aproximación a la narrativa. Un buen ejemplo puede ser el del feminismo de sus escritos, que se menciona frecuentemente como una de las características principales de su obra. Atwood señala que su madre tenía un repertorio de historias “austeras y concisas” que no debían llegar a los oídos de los hombres porque a ellos “es mejor no contarles nada que consideren demasiado doloroso; las profundidades de la naturaleza humana, ciertos sórdidos aspectos físicos, podrían trastornarlos o hacerles daño”; y concluye: “hay muchas cosas que los hombres no están preparados para comprender, de modo que no tiene sentido esperar que las comprendan”. Por su parte, las protagonistas de las historias que ella crea viven sabiendo que tienen derechos y posibilidades, aunque ciertas reglas sociales obliguen a reivindicaciones por vías indirectas. Para referirse a las convenciones de mediados del siglo xx, Atwood dice: “la vida era como el haiku japonés: una forma limitada, de perímetros rígidos, en cuyo interior era posible la más asombrosa libertad”.

Puede ser que las obras de Atwood traten de cerrar esa brecha de visiones. En cierto modo, leer Un día es un día debe parecerse a hacer parte de ese auditorio reservado del que la madre de Atwood excluía sin remordimientos a su marido y a los amigos de ambos. Quizá solo las mujeres los puedan entender o disfrutar a plenitud, mientras que los hombres que “por algún misterioso motivo encuentran la vida más difícil que las mujeres” apenas alcancemos a vislumbrar elementos que nos faciliten captar mejor por qué somos como somos. Sea como sea, unas y otros podemos sacar buen provecho de esta lectura.

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