La otra mitad del Che

Andrés Borda reseña "La muerte del Che" de Steven Soderbergh.

2010/06/22

Por Andrés Borda

Muchas cosas llaman la atención en las dos películas que Steven Soderbergh realizó en torno a la vida del Che. Ya habíamos descubierto con la primera entrega (titulada Che, el argentino), que Soderbergh dirigiría sus dos largometrajes como un cubano que conoce a fondo el mundo del que nos quiere hablar: respiramos con tranquilidad cuando sabemos que no encontraremos a Benicio del Toro forzando su acento latino para hacernos creer un mundo donde el Che habla en inglés, ni que encontraremos un salpicón fuera de control de acentos latinos y actuaciones torpes que sólo una audiencia que no hable español se creería.

Descubrimos, también, que el guión de Peter Buchman, basado en las memorias que el Che escribió durante la revolución cubana, no abusaría de los clichés que suelen atribuírsele a escenarios latinos. La selva cubana es retratada por la cámara con una veracidad que nos hace imposible como espectadores querer salirnos de ella. Al final nos es inevitable sentir algo de vergüenza ante el hecho de que Soderbergh, el genial director norteamericano de películas tan diversas como Sex, Lies and Videotapes, Ocean’s Eleven y Schizopolis, logró capturar con tanta emoción el mundo que nosotros día a día habitamos pero que todavía luchamos por retratar en el cine.

Con todo esto en mente nos enfrentamos a La muerte del Che, una película que aun se empeña en mostrarnos una Latinoamérica absolutamente verosímil (salimos del trópico cubano para meternos en las montañas de Bolivia), y de la que esperamos la misma emoción que habíamos encontrado en su antecesora. Sin entender bien por qué Soderbergh decidió partir la historia en dos, sospechábamos que el final casi feliz de Che, el argentino (una película que termina antes de que Che y Fidel se tomen la Habana, cuando ya es evidente que la Revolución triunfó) era un final falso. Sabíamos, por los libros de historia, por el tono trágico que encontramos a lo largo de la primera parte, que todavía nos faltaba ver a nuestro héroe morir.

Pero el guión de Buchman, siendo muy preciso en los detalles, parece fallarnos desde muy temprano en el ritmo de la narración. La guerrilla que el Che intenta consolidar en Bolivia es menos apasionada que la que encontró en Cuba, los norteamericanos negocian rápidamente ayuda militar para controlarla, y la salud de Che falla cada vez más. Como espectadores, sin embargo, no queremos creer en estos síntomas de derrota absoluta: esperamos, atentos, cualquier señal de esperanza (así fuera anti-histórica) de que el Che aun puede triunfar en Bolivia. Nos rehusamos a creer que, derrota tras derrota, la película no quiera sorprendernos con un final que redima a su protagonista. ¿Puede ser que se trate sólo de ver cómo el Che se muere? Nos preguntamos cerca del final.

Y esta será sin duda la conclusión del espectador que llegue a la sala sin haber visto antes Che, el argentino, ya que es imposible juzgar La muerte de Che por sí sola. Porque una vez nuestra memoria comienza a encontrar los paralelos, los contrapuntos entre una historia y otra, vemos la necesidad narrativa de partir la historia en dos. Sólo cuando entendemos Che como una obra completa de cuatro horas y media es que vemos la historia desde los zapatos de Soderbergh. Y es aquí cuando comienza a hacerse evidente la genial tesis que su director quiere aventurar, más allá de una simple biografía, sobre el motor, la incógnita raíz que determinó la dirección de la vida del Che.

 

La muerte del Che

Director: Steven Soderbergh, 2010.

Guión: Peter Buchman.

Actores: Benicio del Toro, Catalina Sandino, Rodrigo Santoro, Demián Bichir.

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