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La peligrosa compasión

Juan Carlos González reseña El silencio de Lorna, una película francesa dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Hay dos momentos de esta película que quisiera describir: uno es el instante en que Lorna llega a casa y encuentra que su esposo, Claudy —en realidad se trata de un matrimonio por conveniencia donde no hay una pizca de amor— está a punto de recaer en su adicción a la heroína. Se encierra con él, bota la llave afuera mientras él no deja de protestar, y de repente ella empieza a desnudarse. Se quita toda la ropa y abraza y acaricia a este hombre al que pocas cosas la atan, como si se tratara de una especie de último recurso de improbable salvación.

La segunda escena es un corte de edición: Claudy ha comprado una bicicleta y Lorna corre junto a él, como tratando de retarlo a ir más rápido. Ella sonríe —algo que pocas veces pasa en esta cinta— y él se aleja. Un corte y al siguiente instante Lorna está buscando unos objetos en una bolsa y luego compra ropa masculina en un almacén. Entrega todo en la morgue para que con esas prendas vistan a Claudy, muerto por una aparente sobredosis.

Ambos momentos no solo resumen bien la propuesta de El silencio de Lorna (Le silence de Lorna, 2008) sino que además son una declaración de principios de sus autores, los premiados hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Los codirectores están empeñados en mostrar en su cine el reverso de la moneda de la Europa floreciente y lo hacen a través de unos personajes marginados, que llegan a situaciones absolutamente límites para ser vistos, tan siquiera para ser escuchados. El gesto de Lorna al despojarse de todo lo que llevaba puesto es un grito, una declaración de absoluto hastío y de enorme desesperanza, las mismas sensaciones de los demás personajes de este cine incómodo y lleno de inquietudes sociales que los Dardenne llevan años mostrándonos en filmes como Rosetta (1999) y El niño (2005), ganadores ambos de la Palma de Oro en Cannes.

Pero no por ello se trata de panfletos obvios: su denuncia es sutil, su aproximación lejana y respetuosa, desprovista de cualquier viso sensacionalista, y filmada con una cámara inquieta que no quiere perder de vista nunca a los personajes. Otros realizadores hubieran explotado la muerte de Claudy, pero para ellos bastó una elipsis. Lo importante no es el hecho, sino el efecto que ciertos actos pueden causar en la conciencia de los personajes o en la de los espectadores. Y esto sí que aplica en El silencio de Lorna. La joven mujer, una albanesa que se casó con el belga Claudy para obtener la nacionalidad, hace parte de una red subterránea que se dedica a estos fines: ya viuda, lo que sigue es casarse con un ruso y, dinero mediante, ayudarle a obtener la residencia belga. Es una mafia calculadora, sin alma, que los Dardenne describen para nosotros sin entrar en muchos detalles.

La diferencia es que Lorna no se siente bien. Una cosa inédita en ella —e impensable en términos del “negocio”— llamada compasión la hizo acercarse demasiado a Claudy, un heroinómano perdido que imploraba su ayuda, y llegar a verlo como un ser humano que quizá no merecía su destino trágico. Acto seguido, los Dardenne introducen, corriendo varios riesgos, un sorpresivo elemento novelesco que subraya aún más la inquietud personal de Lorna, la hace tambalear y darse cuenta que es hora de detenerse. Sin embargo el recurso es demasiado forzado y echa por tierra las intenciones de un filme que parecía amarrado a la realidad —por dura que fuera— y que termina en los terrenos de la psicopatía, trillado deus ex machina de los que no saben cómo concluir un filme.

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