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La pesadilla de Foucault

Nicolás Mendoza reseña la última película de John Cameron Mitchell, Shortbus

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

La cultura norteamericana es extraña. Hace poco, en un programa en el que mostraban una reproducción del David, de Miguel Ángel, los genitales de la obra aparecían pixelados. Cuando se trata de sexo los estadounidenses se complican la vida. Shortbus, la segunda película de John Cameron Mitchell, es una más de esas tramas incomprensibles que esa cultura ha producido alrededor de la sexualidad.

La película comienza con una escena en la que se ven los protagonistas, en sus apartamentos neoyorquinos, entregados a diferentes actividades sexuales: una pareja explora posiciones acrobáticas, un joven recibe latigazos y otro más se contorsiona hasta practicarse sexo oral a sí mismo y eyacula en su propia boca. Hasta ahí la cosa pintaba interesante, fuerte, atrevida. Un comienzo así nos llena de preguntas. ¿Quiénes son estos personajes? ¿A dónde va a llevarnos todo esto? ¿Por qué lo hacen? Poco a poco nos vamos dando cuenta de que solo hay una respuesta: porque sí. Toda la película es más de eso y nada más que más de eso.

Lo que ocurre es que aunque la película nos muestra a los personajes en todo tipo de posiciones y combinaciones sexuales, sus problemáticas son tan babosas como los fluidos que intercambian, y el interés se pierde de inmediato. El conflicto de la protagonista principal es que nunca ha podido tener un orgasmo. Ese es el gran problema de Shortbus. Todos los personajes son igualmente unidimensionales; el joven que quiere suicidarse porque no ha sido capaz de dejarse penetrar por su novio o la dominatriz que añora un amor que nunca llega. Con estos conflictos tan triviales, es imposible no terminar aburriéndose a pesar de que las fuertes escenas sexuales van una tras otra hasta el final. Nunca antes había sido tan poco excitante ver sexo en cine.

En su libro de 1976, La voluntad de saber, Michel Foucault propuso la idea de que la proliferación de discursos alrededor del sexo (refiriéndose a terapeutas, sexólogos, pornógrafos, etc.) es la más sofisticada forma de represión de la sexualidad individual, llevada a cabo a través de la cultura misma. Esta inquietante idea contradice la noción generalizada de que el gran destape sexual del siglo XX es signo de una sociedad que ha encontrado la libertad. Si todo se ha dicho, si todo está al descubierto, hemos mostrado todas nuestras cartas. Tener qué ocultar, dice Foucault, es bueno. Hay una escena incómoda en Shortbus, en la que Sofía, la protagonista, entra a salón en el que hay unas ocho mujeres. Les confiesa que nunca ha tenido un orgasmo, y ellas empiezan a relatar por turnos qué se siente. “Yo siento que por un instante dejo de estar sola”, dice una; “es como si pasara por tu ser toda la energía del planeta”, dice la siguiente. Este discurso ingenuo atraviesa la película de arriba a abajo. John Cameron Mitchell parece creer que escucharlo (y verlo) es la manera de abrirles a los espectadores las puertas a una libertad que no conocen.

Sin embargo, todo lo anterior es poco al lado de lo pretenciosa que es la película. Todo en Shortbus es deliberadamente artístico. La dominatriz sadomasoquista anda con una cámara polaroid, y toma fotografías callejeras que interviene con un lápiz antes de que se terminen de desarrollar. El gay depresivo que está haciendo una película sobre sí mismo intenta suicidarse ante su videocámara. Alguien eyacula sobre una pintura de Jackson Pollock y el semen se mimetiza en el cuadro lleno de pintura chorreada. El vestuario, la música, los diálogos… todo es artístico. El tedio se convierte en rabia ante la maldad que subyace en una película que, en últimas, lo que hace es reforzar la idea venenosa de que el arte no es sino un adorno.

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