Fila India, de Antonio Ortuño

La pesadilla

Rafael Baena reseña para Arcadia 'La fila india', de Antonio Ortuño

2014/03/21

Por Rafael Baena

Hay que desconfiar. Como están las cosas y ante la profusión de bien planeadas operaciones de mercadeo que pretenden meterte gato por liebre, venderte cada temporada un canon distinto, una moda, una tendencia, un para-dónde-va-la-literatura, cuando no la novela del año, o de la década, o del lustro, cada nueva incursión en un libro, incluso cuando su autor es conocido de autos, enciende las alarmas del lector. En los días que corren las estanterías rebosan de tanta morralla convertida en tesoro literario a fuerza de bien orquestadas campañas de prensa, que más vale afinar el criterio hasta niveles de precisión infinitesimal. En otras palabras, desconfiar. Por principio.

Y si a los espejismos del mercado se suma la compulsión de chantarle rótulo a todo lo que esté encuadernado, pues ni hablar. Que novela urbana, que histórica, que de la violencia, que negra. La profusión de subgéneros lleva a pensar que quizás el declive y la desaparición de la novela, tan cacareados recientemente, puede deberse a que la pobre quedó sepultada y refundida bajo una montaña de mediáticos Post-it. Por eso no tuve más remedio que entrarle con los taches por delante a esta reciente producción del mexicano Antonio Ortuño, precedida por algo del mencionado ruido promocional.

Pero del prejuicio no queda sino el cansancio y resultó grato descubrir que Ortuño no solo escribe bárbaro sino que es un bárbaro. Si bien desde el principio parece recurrir a la vieja fórmula del género negro según la cual para que la narración fluya lo mejor es hacer aparecer de improviso un muerto, la investigación policíaca no termina de arrancar porque aquí no hay una sucesión de muertes sino de masacres, y algún personaje se pregunta quién puede investigar un único muerto cuando hay cientos, cochadas de cadáveres.

Rendida ante la evidencia de su inutilidad, la justicia está postrada y resulta inevitable para cualquier lector colombiano establecer paralelos con México porque con una envidiable y eficaz economía de recursos que recuerda a Monterroso y a Ibargüengoitia, ese lector queda sobre el filo de un enorme abismo –para el caso sería mejor decir una fosa común– donde caen y caen víctimas con un ritmo marcado por la procacidad y la escatología más descarnadas. Hay sangre a raudales y penes cortados y tripas en el suelo y mierda en las paredes, y sin embargo su lectura no repele porque es claro que no podría encontrarse mejor manera de contar lo que cuenta: una historia de inmigrantes centroamericanos que mientras pasan por México con rumbo hacia los Estados Unidos se convierten en subhumanos, mercancías desechables. Nada más cruzar la frontera sur ya están a merced de los polleros traficantes de personas, sin posibilidad alguna de que las instituciones estatales, ni mucho menos alguna oenegé medianamente acuciosa les brinde ayuda o protección. Y su viaje apenas empieza. San Antonio, Albuquerque y Los Ángeles están mucho más lejos que cuando los embarcaron hacinados como reses en trenes de carga.

Aquí los héroes no son detectives parcos que sueltan comentarios perspicaces. De modo que es mejor olvidar la mirada insolente que Robert Mitchum lanza sobre Charlotte Rampling en Farewell, My Lovely y acostumbrarse a la idea de que en el presente, y al sur del río Bravo, lo más parecido a un épico detective de novela negra es una trabajadora social. Y mujer, para colmo de su desgracia. Y madre de una niña pequeña, que la convierte en un ser aún más frágil. Una heroína rendida ante la evidencia de que el tráfico de personas no cesará mientras en los States exista demanda de carne humana destinada a encargarse de las labores pesadas e indignas. Y mientras hay una clase de mexicanos -o de colombianos, o chilenos, o argentinos- que viajan legalmente para llevar al límite la tarjeta de crédito en los malls y regresar cargados de mercancía 50%-off, otros son la mercancía, la que entra por el hueco en busca de un sueño que aún sin empezar ya es una pesadilla.

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