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La poesía: una luciérnaga

Santiago Espinosa reseña la antología de poesía Casa de luciérnagas

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

El sello Bruguera (Ediciones B) lanza su colección de poesía con una antología de poetas latinoamericanas. De principio a fin, de México hasta Argentina, el libro presenta a treinta y cuatro mujeres nacidas después de 1941. El resultado es una muestra cuidadosa, pareja, cuya lectura es un descubrimiento grato para cualquier lector de poesía. Colombia está representada por las voces de María Mercedes Carranza y Piedad Bonnett.

Mario Campaña, traductor y poeta ecuatoriano “exiliado” en Barcelona, el director de Guaraguao –única revista de cultura latinoamericana que se publica en España– y que sorprendió a los medios literarios con Baudelaire, juego sin triunfos, nos presenta un trabajo que tardó más de ocho años en completar. Todas las poetas son indispensables, también los poemas seleccionados. Cada luciérnaga aporta lo suyo para conformar una enorme luminaria que nos revela todo un mundo. No en vano Campaña escogió el título tomando prestados los versos del guatemalteco Otto Raúl González: “La poesía es una concentración de luciérnagas capaz de iluminar el mundo”.

A medida que pasan las páginas, se olvida que estamos frente a una antología de voces femeninas, y se descubren, con el paso de los silencios y las voces, los rumores de una poesía universal. Sobre este asunto afirmó el crítico peruano Américo Ferrari en la presentación del libro: “Independientemente de que estemos frente a una poesía escrita por mujeres, Casa de luciérnagas constituye sin duda alguna una de las mejores antologías de poesía en lengua castellana que nos haya sido dado leer”.

Quizás esta calidad se debe a que los criterios de Campaña son puramente estéticos, y si publica a estas poetas es más porque están consolidadas y no porque sean mujeres. Dice en el prólogo: “Mi ambición ha sido atenerme a la obra más madura, sin tener en cuenta su origen, su intención aparente”. Y agrega: donde haya “una voz suficientemente singular y autónoma para hacerse escuchar por sí misma”.

Y fue tan copiosa la cantidad de voces maduras que Campaña encontró, que para seleccionar a estas treinta y cuatro tuvo que partir de un grupo de más de quinientas. Hay que aclarar que la selección no fue democrática en cuanto a los orígenes. Aunque el libro se divide por países, mostrando que estas poetas hacen parte de una tradición nacional, que trabaja y transforma lo hecho anteriormente por sus compatriotas, no es que cada país tenga su cuota por derecho propio. Por ejemplo, México tiene siete poetas, mientras que de Centroamérica solo aparece una.

Tras la antología nos quedan treinta y cuatro voces tan distintas, tan propias, que sorprende el olvido de la crítica frente a la obra de estas autoras. Los poemas de la argentina Irene Gruss, de las mexicanas Gloria Gervitz y Elsa Cross, de la venezolana Hanni Ossot, y, por qué no, también los poemas de las colombianas, merecen estar en cualquier antología de la lengua española. Para no hablar de la boliviana Blanca Wiethüchter, ya fallecida, que brilla con luz propia como una de las voces más poderosas de los tiempos recientes.

Después de todo, la antología de Campaña tiene algo de paradójico. Será un hito, el descubrimiento de un camino inexplorado, pero en el mismo instante en que aparece ya se madura el germen de su propia destrucción: después de este trabajo ya no será necesario agrupar a las mujeres; todas las antologías tendrán que incluir a varias de sus luciérnagas.

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