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La sabiduría del invierno

José Alejandro Cepeda reseña If on a Winter's Night..., un disco de Sting

2010/03/16

Por José Alejandro Cepeda

Gordon Summer, barbado como un curtido marinero, se refugia en su villa de la Toscana. Es febrero de 2009 y las colinas florentinas que hacen fresco el verano ahora dejan caer los vientos recios de la estación favorita del antiguo líder de The Police. A su lado, Dominic Miller en la guitarra, Kathryn Tickell en el violín, Julian Sutton en el melodeón, Mary Macmaster en el arpa celta y Bijan Cherimani en la percusión, son algunos de los músicos que desde mundos como el jazz, lo clásico o el folk acuden a la cocina de su hogar (como lo hacía Paul McCartney en sus buenos tiempos con Linda, cuando solían preparar el desayuno de sus colaboradores). Acompañados por Compass (el perro del anfitrión), la chimenea, sus instrumentos acústicos, partituras y tazas humeantes de té, han aceptado el reto de Sting de repasar cinco siglos de música relativa al invierno y producir su segundo álbum bajo el prestigioso sello Deutsche Gramophon.

Meses después, en medio de la prematura nieve que cubre el hemisferio norte y se niega a desaparecer, el resultado es un disco sombrío y bello, pagano y religioso, lúgubremente esperanzador, cuyo título –homenaje a la novela Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (1979)– invita a escuchar el espíritu invernal, convirtiéndose en digno sucesor de Songs from the Labyrinth (2006) que dedicó al laúd y la figura isabelina de John Dowland. En su crudeza y lirismo, es una grabación de invierno en regla, que sin limitarse al alegre repertorio navideño incluye motivos de cuna y villancicos europeos con los que Sting fue educándose en Newcastle, más dos de sus canciones. De ahí a que parta animoso con “Gabriel´s Message” de la tradición vasca y pase por el “Soul Cake” dedicado al día de todas las almas; o que de Purcell vaya a la germana “Es ist ein Ros entsprungen” que inspiró a Brahms. Pero también que busque la introspección en “Cold Song”, encomie a Schubert en “Hurdy-Gurdy Man” (la historia de ese músico estoico que a pesar del frío toca lo mejor que puede su extraño violín de mecanismo giratorio), musicalice un poema de Robert Louis Stevenson o floten los fantasmas desde la “Sarabanda” de Bach y el original “Hounds of Winter”. En la edición especial se aprecia una merecida dedicación al genio de William Blake, quien desde su amada Londres supo mucho de inviernos.

Aquí hay un balance entre el agnosticismo de una estrella pop y el de un millonario intelectual mimado, que no puede desprenderse de las tradiciones previas al medioevo ni del consolidado simbolismo cristiano. Como lo refleja “Cherry Tree Carol”, donde en medio de su viaje a Egipto junto a María y el recién nacido, José responde a la Virgen que quien debería alcanzar las cerezas para la jornada es el padre de la criatura. Sobresale así no solo la admiración a lo irracional y filosófico que surge del invierno, sino a los solsticios sagrados, al tiempo y la naturaleza, como nos lo han legado escritores brillantes y controvertidos como Montherlant, Julius Evola o, recientemente, Simón Sinclair.

Es que sin estaciones no jugarían la oscuridad con la luz. Ni renaceríamos. Recordándonos que de seguir el efecto invernadero (y esas frustrantes cumbres de Copenhague), retrospectivamente no existirían inviernos en las letras de Chekhov o Pamuk, ni las estaciones en la música de Vivaldi o las películas de Rohmer. Ni siquiera “La maldita primavera” de Yuri.

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