La sal de la tierra y Pedro Adrián Zuluaga.

Documentar desde el corazón de las tinieblas

El cineasta alemán Wim Wenders realizó un documental sobre la obra del fotógrafo Sebastião Salgado. Codirigido de la mano del hijo de este último, Juliano Ribeiro, el resultado es un proyecto que explora la devastación que genera el ser humano.

2015/09/16

Por Pedro Adrián Zuluaga

En 1983, Wim Wenders, cineasta nómada como pocos, se desplazó a Tokio y filmó una ciudad que solo conocía por el cine de Yasujiro Ozu. El resultado fue Tokyo-Ga, una elegía al cine del desaparecido maestro y un lamento algo naif por la insuficiencia de las imágenes para dar cuenta del mundo. “Si hubiese ido allí sin la cámara, ahora podría recordar mejor”, dice el narrador. En este mismo documental, se muestra un encuentro con Werner Herzog, el otro gran sobreviviente del Nuevo Cine alemán. Desde lo alto de un rascacielos un alucinado Herzog sentencia: “Ya no quedan imágenes posibles. (…) hay poca gente verdaderamente dispuesta a intentar algo contra esta miseria en la que estamos, esa falta de imágenes adecuadas (...). Estaría dispuesto a ir a Marte o a Saturno en el primer cohete que me requiriese (...). Me gustaría estar allí con una cámara, porque no es fácil encontrar sobre la tierra la transparencia de las imágenes que existía antes”.

Pasaron 30 años y ni Wenders ni Herzog han dejado de filmar, contrariando su supuesta desconfianza ante las imágenes. Y no han tenido que ir a Marte o a Saturno para encontrar las “imágenes adecuadas”. La impresionante obra del brasileño Sebastião Salgado desmiente la pueril impugnación de las imágenes de los dos cineastas. El fotógrafo ha viajado a los confines del mundo y al corazón de las tinieblas para dar un testimonio del hombre y de la devastación que es capaz de producir. Después de registrar guerras, éxodos, hambrunas y diversas formas de dominio y esclavitud, Salgado emprendió Génesis, un proyecto monumental que le permitió salir de la depresión, superar las lamentaciones inanes y reencontrar la belleza del mundo.

Lea también la entrevista con el fotógrafo Sebastião Salgado.

En La sal de la tierra, Wenders cede la palabra a Salgado para que sea él mismo quien nos conduzca por su obra fotográfica, organizada en torno a grandes ciclos temáticos: Otras Américas; Trabajadores; Éxodos y Génesis, entre otros. Salgado interpela directamente al espectador. Lejos de la idea de que las imágenes se bastan a sí mismas, el fotógrafo las comenta con amplitud y generosidad. Pese a que muchos lo cuestionan por hacer imágenes demasiado bellas con el dolor de hombres y mujeres, lo que sus comentarios dejan traslucir son ante todo preocupaciones éticas con relación a los hechos que su cámara está documentando. La película muestra a un artista que es transformado por aquello de lo que es testigo.

Wenders codirigió el documental con Juliano Ribeiro, hijo del artista, y tuvo acceso a gran cantidad de material que este había recogido en varios viajes en los que acompañó a su padre en la realización de trabajos que eran como “misiones”. Este archivo permite que, además de la voz de un Salgado que toma posición frente a su obra, veamos al artista en acción. Otro costado de la vida del fotógrafo también es revelado en el documental: el del amante de la tierra (llamarlo ecologista sería rebajarlo) que emprende junto con su esposa un ambicioso proyecto de reforestación del bosque tropical, su paisaje de infancia, que había sido completamente erosionado. Entonces La sal de la tierra muestra a una extraordinaria pareja que no solo produce imágenes, “copias del mundo”, sino que transforma, con determinación, las condiciones materiales de la existencia.

El cine de Wenders, que en los últimos años ha pasado por periodos de sequía creativa, se revitaliza al contacto con la obra de otros artistas. “En este planeta, las mayores aventuras son las de la creatividad”, confesó en una entrevista publicada en la edición 119 de Arcadia. Tras la brillante primera etapa de su filmografía, que culmina en su obra maestra, París, Texas, el director alemán, cada vez que necesita regenerarse y reencontrar la confianza en el mundo, habla de otros: de unos músicos cubanos, de un modisto japonés o de una bailarina alemana. Como si hubiera que salir de sí mismo para encontrar, pese a todo, las imágenes.

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