La suerte de la poeta

Francisco Barrios reseña "El prestigio de la belleza", la novela más reciente de Piedad Bonnet.

2010/05/27

Por Francisco Barrios

Pocos temas incomodan tanto en la prensa cultural como el de la belleza y la fealdad de las mujeres. Hay algo de incorrección política en abordarlo, y hay mucho de machismo en su concepción. Incomoda también decir que hay mujeres feas y mujeres bonitas, y que las primeras sufren más.

Sin otro propósito que el de hacer el recuento de la vida de una niña fea, Piedad Bonnett ha escrito una emotiva novela de formación que sucede en ese espacio íntimo y espantoso que es la infancia en una sociedad mojigata y provinciana como la colombiana.

La niña de la novela descubre un día que su madre se vale de toda suerte de artilugios para hacer que no se vea tan fea al lado de su hermana menor, pero la suerte ya está echada: “Mientras yo me convertía en una diminuta y exasperante recitadora, mi hermana jugaba a la pelota, se subía a los árboles y a los muros, jugaba al yo-yo y al hula-hula, es decir, era feliz”. Otro día, ante la evidencia del pene de su también radiante hermano recién nacido, la niña explora su vagina frente a un espejo y es vista por una sirvienta que la chantajea durante meses. Más adelante se enamorará de una de sus niñeras, de la primera profesora que no es monja, de una amiga del colegio y, por último, del desangelado profesor de literatura que suele aparecer en las novelas de formación. Y en algún momento de esta serie de eventos previsibles, una prima lejana de su madre dejará caer el más cruel de los lugares comunes: “La suerte de la fea la bonita la desea”.

Pero la niña de la novela descubrirá también que hay una niña más fea que ella (y que en el patio de recreo del internado no será otra cosa que la esclava de las bonitas), y descubrirá que los autores que lee y recita, además de servirle para llamar la atención, le ayudarán a construir una narrativa paralela a la de su entorno, que solo privilegia la belleza física.

Todo es banal y predecible, como lo es la infancia cuando se mira desde la adultez, pero es terrible y sorpresivo para la niña, y es esta alternancia la que logra de manera afortunada Bonnett. El prestigio de la belleza no es una novela escrita impostando la voz de una niña. Tampoco es una narrativa adulta que elucubra sobre la infancia desde la distancia. Es un relato crudamente honesto, cuyo valor está precisamente en narrar la infancia y la llegada de la pubertad como lo que es para la mayoría: una sucesión de horribles lugares comunes. Y el logro de la autora está en no desdeñar ni mitificar esos tópicos, sino en presentarlos como lo que son: las emociones y las mezquindades que nos convierten en lo que somos (el sadismo de ahogar por unos segundos al nuevo bebé de la casa, el horror y la fascinación de mirar una y otra vez los grabados del Infierno, de Gustave Doré, la compulsión por los dulces que la engordan y la afean, el deseo de hacer sublime la traga de adolescencia por el profe). A estos aciertos del texto se suma un buen diseño de cubierta de Ana María Sánchez, en el que una atinada foto de archivo retrata la hostilidad de los internados de monjas. Sin embargo, los extractos y comentarios de la contracarátula son demasiados y muy extensos, y la cita textual destacada en la parte superior resulta insustancial frente a mejores pasajes de la novela.

Después de leer El prestigio de la belleza es claro que más que la niña, lo feo es su infancia. Es claro también que no se trata, a la larga, de una novela sobre la fealdad, sino sobre esa inadecuación (por inconformismo, por belleza o porque sí) que forma a lectores y escritores.

El prestigio de la belleza

Piedad Bonnet

Alfaguara, 2010

204 páginas

$39.000

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