'Los náufragos del “Batavia”, anatomía de una masacre', Simon Leys. Acantilado, 2011. 86 páginas * $32.900

La tentación de la dictadura

Alejandro Quintero Mächler reseña "Los náufragos del 'Batavia', anatomía de una masacre" de Simon Leys.

2012/07/19

Por Alejandro Quintero Mächler

Todo aquel que crea que el mal absoluto esperó hasta el siglo veinte para asomar su verdadero rostro debería leer este libro. En él nos cuenta Simon Leys la trágica historia del naufragio del Batavia, cuyo sangriento desenlace exaltó la imaginación de Europa mucho antes que el desastre del Titanic.

El Batavia era un buque mercante perteneciente a la Compañía Holandesa de las Indias, probablemente la organización lucrativa más poderosa del siglo XVII. Su misión, en la travesía que lo llevó a encallar, era la compra de especias en Java con el fin de venderlas en los astilleros holandeses. De ahí, las especias se distribuían por el resto de Europa. Pero lo que pocos gourmets de entonces sabían, o ignoraban a propósito, es que la vida en el mar, aquella que les permitía una vida holgada y unos platos refinados, aquella gracias a la cual se llevaban una exquisitez a la boca, era una experiencia de pesadilla: tormentas y ratas, escorbuto y hambre, vómitos, sudores, detritus, hacinamiento, por no hablar de la posibilidad de un cruento motín. A esto habría que sumarle, como Leys no se cansa en insistir, el carácter rudimentario de la navegación: ni siquiera se podía calcular la longitud.

Fue en esta precariedad, navegando casi a ciegas, que el Batavia se estrelló contra una saliente rocosa cerca del archipiélago de los Houtman, no muy lejos de la costa oeste australiana, el 4 de junio de 1629. Desde ese día hasta el 17 de septiembre, la historia de sus ocupantes es un descenso a los infiernos. Unos mueren de entrada con el primer golpe; otros se ahogan allí mismo. Pero esto es tan solo el anuncio de lo que vendrá luego. Los náufragos restantes recalan en una isla, una de las muchas del archipiélago, con ayuda de una chalupa, lo único que no se va a pique tras el impacto inicial. En la isla deciden dividirse en dos grupos: el más pequeño, comandado por el capitán y el armador, se embarca en la chalupa en busca de ayuda; el otro, unas doscientas personas, permanece esperando en la isla.

Allí la lucha por la supervivencia empieza a exigir organización. No hay cabeza visible ni una mano firme, hay que alimentar a niños y mujeres; la muerte no debe llegar antes que el capitán. Entonces entra en escena Cornelisz, boticario arruinado, quien parapetado en su oratoria logra imponerse sobre los demás. Sin apelar a un contrato social dictamina la división del trabajo, jerarquiza la sociedad, coordina el monopolio de las armas e incluso pone coto a los desmanes sexuales. No obstante, el liderazgo deviene absolutismo y, con él, campea el capricho: Cornelisz se entrega a la arbitrariedad y su palabra se torna ley. A algunos rebeldes los abandona a su suerte en una isla cercana, a la mayoría los pasa a cuchillo o los fusila sin más. No discrimina a niños o mujeres. Todavía después de asegurado el control absoluto, la matanza continúa hasta el punto en que todos son cómplices y víctimas a la vez. En fin, el tardío y eventual rescate no merma las atrocidades que ninguna justicia borra.

Simon Leys, en este sugestivo libro, no solamente narra unos hechos escabrosos de extravagante barbarie; también da en la clave de lo que pensadores como Hannah Arendt explicaron y volvieron a explicar en sus libros: que en sistemas totalitaristas se hunde lo que nos hace humanos. Para no olvidarlo, vale la pena sumergirse en el negro mar que arrostraron estos desdichados hace cientos de años. Su brutal historia prefigura los horrores de los que hoy día nos sabemos capaces.

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