Las hermanas Lacroix

La turbulencia de las sombras

Alejandro Quintero Mächler reseña para Arcadia 'Las hermanas Lacroix', de Georges Simenon

2014/03/26

Por Alejandro Quintero Mächler

Por pequeño que sea un pueblo nunca será el más grande de los infiernos. Existe un círculo social aún más sofocante y que por inmediato no ofrece escapatoria alguna: la familia. Y antes que círculo es cerco. Georges Simenon en Las hermanas Lacroix nos invita una vez más a acercarnos con mirada descarnada al rostro policial de la familia burguesa, una suerte de panóptico del hogar.

La breve pero aguda novela, que se desenvuelve toda en una casa donde cada cual vive “en su celdilla”, hace de sus escasos personajes unos seres capaces de nutrir el odio de costumbre y tornar la costumbre en odio. Las hermanas Lacroix, Mathilde y Léopoldine, se han erigido en cabeza de una familia amenazada por la desintegración: el marido de una de ellas se retira cual asceta en su misterioso cuarto, al que nadie tiene acceso; los jóvenes, dos señoritas y un mozuelo enamoradizo, se refugian ya en el arrobamiento místico, ya en la sensualidad prosaica o el idilio agigantado; gritos y susurros corren de una estancia a otra, se detienen ante los cerrojos, acaso anuncian con sigilo terribles acusaciones o rumores vagos. La cotidianidad se espesa con una como niebla que enturbia las acciones y difumina sus significados. Se debilita el control ante “todo ese desorden que un ser vivo crea en torno a sí”. El régimen absolutista de las Lacroix deviene olla a presión, al control sucede un precario equilibrio sostenido por cuerdas tensas de rencor. ¿Qué sucederá entonces cuando el odio que ellas instalaron a su alrededor de media vuelta y les haga frente?

En una casa en la que los recelos se van ovillando como mezquinas bolas de nieve, la retaliación no tardará en llegar. A través de ínfimas señales, tan imperceptibles como lo murmurado en un oído inocuo, las odiosas hermanas empiezan a sentir que lo empuñado se fuga: entre amargas profecías y venenos anónimos, la angustia cunde en ellas. Criaron unos cuervos, pero estos se aprestan a abandonar el nido. ¿Qué hacer en consecuencia con todo ese odio vertido hacia los hijos, el introvertido esposo, incluso la pobre criada? ¿De qué sirven los resentimientos cuando no hay a quien atizar con ellos? ¿Qué hacer cuando el objeto del odio toma venganza o simplemente desaparece? ¿Hacia dónde proyectar este instinto tan humano y sádicamente placentero que se alimenta de la reciprocidad? Como seres unidos por su mutuo desprecio, las hermanas de Simenon nos enseñan que nada une tanto como lo que divide. Si se las apañan para sobrevivir a su derrocamiento, será únicamente en tanto “capaces de espiarse y odiarse una a otra”.

Confirmando lo ya explorado en pequeñas delicias como El gato, La casa del canal o Los vecinos de enfrente, el prolífico estilista francés logra, a través de la palabra, demostrarnos cómo esta resulta más equívoca que un gesto, una señal hecha con la mano o una mirada furtiva. Cuando no hieren con filosa penetración, en la cotidianidad las palabras sobran. Las páginas de Las hermanas Lacroix están pobladas de aspavientos ambiguos, en la familia el odio se expresa en el asfixiante día a día. Las obras de Simenon, y esta es vehemente ejemplo de ello, constituyen un monumento a la expresividad del cuerpo humano y a la fuerza ponzoñosa de lo callado. En lo que se silencia se insinúa la turbulencia cebada entre sombras, lo que medra a cuentagotas. La punta del iceberg de una emoción siniestra es el vacío que deja adivinar lo que no se puede decir: aquello muy atroz que lleva años incubándose como un huevo de serpiente.

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