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La divina palabra

En su libro, 'Historia de la Biblia' la experta en religiones Karen Armstrong retrata la manera en que se fue construyendo uno de los textos más leídos del planeta.

2017/04/22

Por Mauricio Sáenz

Misteriosas e incongruentes, sabias y contradictorias, horrendas y sublimes, divinas pero humanas, las Sagradas Escrituras constituyen para millones de personas alrededor del mundo una inspiración vital: nada menos que la palabra de Dios sobre la Tierra. Muchos leen los relatos bíblicos en busca de reflexión y consejo, otros abusan de ellos con objetivos políticos. Pero pocos saben cómo, cuándo y dónde surgieron esas palabras que a nadie dejan indiferente.

En Historia de la Biblia, la británica Karen Armstrong, autora de varios libros sobre el tema religioso, va más allá de las versiones autorizadas por las jerarquías canónicas para recrear las circunstancias políticas y sociales que rodearon el proceso de creación del Antiguo Testamento (la Torá) y de la Biblia cristiana (el Nuevo Testamento). Y asume la tarea de dilucidar para nosotros los muchos procesos por los cuales se fueron decantando las creencias y, sobre todo, las interpretaciones a lo largo de los siglos.

Armstrong rastrea el origen de todo aproximadamente hacia el siglo VI antes de la era común, cuando el minúsculo reino de Judea rompió el acuerdo de vasallaje que tenía con Nabucodonosor, líder del Imperio babilónico. El joven rey pagó su osadía al pasar los siguientes 40 años en Babilonia junto con 10.000 de sus súbditos. Atrás habían dejado el gran templo de Salomón, poco después destruido por los invasores, en una época en la que era inconcebible una religión sin templo.

Las tribus judías, privadas de ese referente físico, comenzaron a derivar hacia un soporte más textual que monumental de su fe. Y para ello los exiliados en Babilonia habrían empezado a revisar y reinterpretar la historia contenida en los rollos reales que pudieron llevar al destierro. Lo hicieron animados por un joven sacerdote llamado Ezequiel, a quien una aparición divina le reveló el valor de los textos testimoniales: Yahvé le hablaba desde un carro de combate, por primera vez fuera del sancta sanctórum.

Cuando Ciro, rey de Persia, derrotó a los babilonios y permitió a los exiliados regresar a Jerusalén, estos trajeron ya en sus manos los rollos que contaban la historia de su pueblo en el Pentateuco, los oráculos de los profetas y un libro de himnos. Todavía no estaba completa ni era reconocida como sagrada, pero era la Torá, la ley de Moisés, por primera vez consignada por escrito. Un profeta, conocido como el segundo Isaías, hacía la primera declaración monoteísta: Yahvé, quien había convivido con otros dioses en el corazón de sus fieles, había convertido en su instrumento al dueño del mayor imperio jamás visto. Era el Dios más poderoso y el único: ya no tendría que convivir con deidades menores.

Y por lo mismo que algunos de los dogmas eran casi opciones políticas, se hizo inevitable desde muy pronto recurrir a la interpretación, la exégesis. Esta llenaría los años posteriores, incluso ya llegado el cristianismo, de discusiones interminables sobre las verdaderas intenciones de Dios al ‘dictar’, o al menos ‘inspirar’, las Sagradas Escrituras. Una discusión que inspiraría en el cristianismo un rompimiento que no tiene contraparte tan fuerte en el judaísmo. Se trata de la reforma protestante, que rechazó el dogma papal, promovió la traducción a las lenguas vernáculas y trató de minar el reconocimiento político de los Estados Pontificios.

Más allá de la historia, llena de detalles e intríngulis apasionantes, es posible intuir que en este aspecto, el de la exégesis, recae la mayor intencionalidad de Armstrong, con un mensaje: ninguno de los textos bíblicos tiene una interpretación definitiva. Lo cual conduce a su otro gran tema: la tensión continua entre quienes quieren ver en ellos la verdad histórica y quienes los aprecian en su significado místico y ético por medio de la alegoría. Resulta curioso entender, de la mano de la autora, que la tendencia a la interpretación literal es más bien reciente. Lo cual hace aún más difícil aceptar, por ejemplo, que en partes de Estados Unidos el literalismo fundamentalista haya conducido a prohibir en los colegios enseñar la teoría de la evolución de las especies, de Charles Darwin.

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