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La violenta experiencia de los límites

Juan Guillermo Ramírez reseña la película francesa, Romance X, dirigida por Catherine Breillat

2010/03/15

Por Juan Guillermo Ramírez

Como un tratado filosófico o un diario íntimo, como un instante incandescente en la historia de la representación del cuerpo, como un grito de amor y rabia o una desgarradora exploración de los límites del cuerpo, todo esto y mucho más es Romance x, una de las últimas películas de la francesa Catherine Breillat. En su filmografía se destacan títulos como Une vraie jeune fille (1976), Sale comme un ange (1991) o Parfait amour! (1996).

Romance x tiene una historia y un discurso que se inscribe con violencia en el espacio contemporáneo de la imagen. La audacia y la franqueza con los cuales la realizadora ataca con sus imágenes, conduce al relato a una doble pregunta: ¿cómo inventar una representación de la sexualidad femenina que no sea obscena? , ¿cómo proponer una nueva emancipación femenina?

Hacia la mitad de los años noventa, casi todas las películas francesas terminaban con frecuencia en las brumas de una relación sentimental posible. A comienzos de la década de 2000, el horizonte cambia y se hace más maternal que conyugal. Pero es partir de Romance x que el sexo es cine a pesar de los censores.

La historia del cine ha familiarizado al público con el cuerpo del guerrero, con el cuerpo que conquista. En este caso es el cuerpo femenino el que devora el espacio del cuerpo masculino y la aventura en este cuerpo interior es el que dictamina el campo de la feminidad. Éste es el mérito de Romance x: revelar el desafío de esta conquista visual.

Catherine Breillat traza una línea accidentada, teórica y carnal, oscuramente luminosa. Lejos de la retórica de lo “políticamente correcto”, su película asume los conceptos y comportamientos como son la misoginia y la misandria y les abre espacio en el centro de su sueño de liberación: la guerra de los sexos. El sexo como instrumento de placer de un discurso que no le es extraño al relato fílmico y a través de él se interpreta metafóricamente el espectáculo de la violencia humana: lo social o lo íntimo.

En la película hay una mujer, Marie y tres hombres: Paul, Robert y Paolo. Entre ellos, lo que se plantea no tiene nada en común con las historias de adulterio, de sábanas y de sentimiento. Es más bien una prueba o una experiencia polarizada por el lado de lo femenino. En los hombres, la distribución de los papeles está muy clara: Paul ocupa el lugar del marido, el que todo lo asiente; Paolo es el amante de paso, es la aventura; y Robert es el maestro de ceremonias, el que ataca sin atacar. El punto de contacto de los tres es Marie, quien sin ocupar un lugar entre ellos intenta separarlos estrechándolos en un círculo. Porque Marie no puede gozar con su sexo, le es necesario gozar de un cuerpo imaginario: cuerpo esculpido físicamente, cuerpo como centro de la focalización mental y psicológico. Marie es capaz de inventarse otro cuerpo.

Para algunos esta cinta se acerca más en determinadas secuencias cargadas de sexualidad a una mirada menos erótica y más pornográfica tal vez por la presencia del actor Rocco Siffredi, actor porno. Pero para Catherine Breillat, la representación del acto sexual y en el fondo el cine es una comedia. Se simula hasta el vértigo y se trabaja en el dolor, el sufrimiento y la manipulación. Es una tortura organizada. Y, al final, los cuerpos gozan sobre la pantalla con sus órganos, por y para el cine, por lo tanto, por la verdad.

De este viaje al interior de un cerebro y de un sexo no nace un sentimiento de enfermedad –aunque la película no deja de suscitar malentendidos porque escapa a los discursos convencionales, feministas, transgresores o pornográficos– sino que es una afirmación feroz y radical como se ve raramente en el cine francés.

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