Pedro Adrián Zuluaga.

Un héroe de nuestro tiempo

"...'El engaño del siglo' merecía, al menos, el beneficio de la duda". Pedro Adrián Zuluaga sobre la más reciente película de Stephen Frears.

2016/08/23

Por Pedro Adrián Zuluaga

El ascenso y la caída de un héroe popular. Difícil encontrar un mejor tema para garantizar la atención sobre una película; se trata de la supervivencia de una estructura mítica que los tiempos modernos aderezan con la consabida tormenta mediática y su típica narrativa sentimental. Esa estructura, la del esfuerzo del héroe y su caída desde las alturas de la gloria, expresa una hybris que, a través del individuo excepcional, luce como posible para todos. Un deseo de grandeza tanto en la alegría como en el dolor, la ilusión de vivir expuestos a la mirada ajena como confirmación de sí.

El engaño del siglo describe, al pie de la letra, esta trayectoria de triunfo y derrota tantas veces repetida y por lo mismo codificada. El héroe es el solitario que transgrede los límites impuestos por la cordura, los dioses o cualquier idea de norma que una sociedad se imponga o en la cual crea. Lance Armstrong, el atleta que ganó siete Tours de Francia, aparece en los primeros planos de la película entrenando en una carretera solitaria, ascendiendo mientras sentimos los latidos de su corazón y su propia voz interior nos alerta de que ese esfuerzo no es racional, que es el cumplimiento de un destino común desde que Prometeo les robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres. Pero Armstrong no es el ser puro, castigado como el Job bíblico por las circunstancias, sino un hombre con pies de barro que tras sufrir un cáncer decide reinventarse y probar un sofisticado programa de drogas para elevar su rendimiento.

La película, entonces, necesita de otro héroe para no dejar a los espectadores ante un vacío moral. Y lo encuentra en la figura del periodista deportivo Dave Walsh, que tras las sospechas iniciales sobre los triunfos de Armstrong y sus relaciones non sanctas con un médico italiano implicado en escándalos de corrupción y dopaje, se empeña en atar los cabos que terminan en el desprestigio del rey del ciclismo. El escenario, sus protagonistas y la intriga resultan por entero familiares. Y pesa contra la película el prejuicio de encontrarse con un punto de vista simplificado y didáctico, habitual cuando se abordan estas cuestiones.

Pero Stephen Frears, en su larga e irregular carrera, ha sabido sorprender con miradas vibrantes e incorrectas, que lo ubican en la mejor tradición del cine realista inglés. Películas suyas como My Beautiful Laundrette (con guion de Hanif Kureishi) o Prick Up Yours Ears (adaptación de los escandalosos diarios del escritor Joe Orton) lo mostraban cómodo entre los submundos londinenses de inmigrantes u homosexuales. Méritos parecidos tuvieron sus versiones de sendas novelas del escritor irlandés Roddy Doyle: The Van y The Snapper.

Con esos antecedentes, El engaño del siglo merecía, al menos, el beneficio de la duda. Y en efecto, aunque no se trate de un film revelador, que profundice en la naturaleza de su personaje principal, tiene méritos secundarios que lo salvan de la frustración que produce el refrito. Ben Foster encara con credibilidad la desmesura de su personaje. El Armstrong que compone, a pesar de lo esquemático de su desarrollo, tiene momentos de brillante cinismo aunque luce atrapado en su propia trampa, con rezagos de personaje trágico. La banda sonora es efectiva para transmitir los cambios del destino del héroe. Frears sabe siempre filmar con elegancia y dosificar el uso del archivo.

El engaño del siglo se instala, sin embargo, en una cómoda medianía. Frente a temas afines, Martin Scorsese en El lobo de Wall Street o Abel Ferrara en Welcome to New York sacaron a flote su indignación para hacer desencantados comentarios sobre el poder, el éxito económico o la ética de las grandes corporaciones. La corrupción del deporte no es un tema menor, pero Frears prefiere enviarnos el tranquilizador mensaje de que un individuo, en este caso un soso periodista, puede ejercer su justicia mediática para restituir el equilibrio perdido.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com