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Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu

Jaime Arracó reseña 'Las bellas extranjeras', de Mircea Cartarescu

2014/08/21

Por Jaime Arracó

En Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu, se recogen tres relatos sobre la presencia del más famoso de los escritores rumanos contemporáneos en variadas labores producidas por la popularidad que ha alcanzado el autor de libros fundamentales como Nostalgia o Lulu. El autor y protagonista afronta todo aquello que no es escribir, pero que engloba la literatura (viajes, entrevistas, charlas, encuentros literarios…), y también visitas a la policía o a manicomios, con un humor puro, nacido de lo raro y naturalmente ingenioso. Este humor parece ser un remedio para suavizar los embates de la intelectualidad más casta.

El libro se dispone en idas y vueltas del presente al pasado, se enrolla y desenrolla al compás de una memoria que aborda las vicisitudes más impensadas dentro de ese mundo impostado de las letras. El lenguaje conversador de Cartarescu compone frases tan claras como en el momento que fueron ideadas en la cabeza. El ritmo es perfecto, nunca te quedas atrás o consideras adelantar unas líneas.

Da inicio al libro Ántrax, una divertidísima historia sucedida en el duro invierno de Bucarest. Un desesperado padre y esposo, por la falta de presencia mediática, envuelve a su esposa en un enredo paranoico del que jura ser víctima. Piensa que es atacado con ántrax a través de una carta sin remitente llegada desde Dinamarca. Egocentrismo, absurdo y desconfianza se unen en una trama con policías de poca monta, una ciudad disfuncional y deducciones caprichosas en fechas aún cercanas a los atentados del 11S.

Las bellas extranjeras es el título de la segunda narración, que si bien se centra en el viaje de doce escritores rumanos a Francia, trata también la relación obligada que Cartarescu tiene con las circunstancias incorporadas al ejercicio de la literatura. Las desviaciones, interludios o paréntesis que utiliza el escritor no logran interrumpir la agilidad de un texto que reconoce al lector como un actor más. El protagonista se siente vulgar en toda clase de actividades sostenidas por los coprotagonistas: bellos pueblos de Italia o Francia, Viena, emplazamientos inverosímiles, gestores culturales, presos y compañeros de profesión que jamás aceptarán el mayor éxito del otro: “Los escritores, cuando nos vemos, nos abrazamos y nos besamos como si fuéramos gays. Por detrás, sin embargo, nos tratamos ferozmente en cuanto nos sentimos amenazados, cuestionados y desconsiderados”.

Episodios que aparecen como monótonos se van llenando de sobresaltos casuales que describen lo peripatético de la cotidianidad y también lo que nunca nos llegará a pasar. También se desmenuzan juegos intelectuales a los que se prestan los escritores en las premiaciones o en las entrevistas privadas, donde la dignidad de quienes interpretan la cultura es en ocasiones una capa de tinta, gruesa y emborronada, que encubre la ignorancia tan común de nuestros días.

“Los bloques de casas de obreros se distinguían apenas como unos monolitos negros, pegados unos a otros. Un perro aullaba a muerte en quién sabe qué patio. Finalmente, nos detuvimos delante de uno de los bloques. Los chicos se apearon y se estiraron”, se lee en El viaje del hambre, cierre de este diario de autoficción, periplo por la vida de un Cartarescu en su juventud e infancia. El narrador es personificado como un ingenuo poeta en busca de una vida próspera gracias al uso del lenguaje. A sus clases como profesor y los cenáculos con otros escritores se les suma la primera invitación a un evento literario. Tropiezos, y nuevas experiencias donde casi nada funciona como se supone que debería, hacen gatear al autor cuando él pretendía correr elegantemente. Un libro que demuestra por qué la insistencia de ciertos periodistas al preguntar por lo autobiográfico en la literatura es absurdo: lo importante, nos dice Cartarescu, es cómo diablos se escribe sobre la vida misma.

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