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Las otras muertes

Luis Fernando Charry reseña la última novela del escritor norteamericano Philip Roth, Indignación

2010/03/16

Por Luis Fernando Charry

Hay muchos escritores que se convierten con el tiempo en eternos candidatos al Premio Nobel. Uno de los más recientes, de los que más suenan, es Philip Roth. Según la crítica se trata del mejor escritor norteamericano vivo. Ahí están El teatro de Sabbath (1995), Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998), La mancha humana (2000), El animal moribundo (2001) y La conjura contra América (2005). Ningún escritor contemporáneo ha tenido una racha tan ascendente. Y pocos han tenido la osadía de seguir publicando grandes novelas después de haber publicado tantas grandes novelas. En el caso de Roth, esto nos lleva a Indignación (2008). Y a la muerte. “El hecho de que algún día moriré ha dejado de parecerme una injusticia, lo que no quita que me aterrorice la idea de la muerte. Es horrible. Me rompe el corazón. Es impensable, increíble, imposible. La idea de ser olvidado. No estar vivo, no sentir la vida, no poder olerla. Mi próximo libro trata sobre todo eso: sobre la muerte y sobre morir”, dijo Roth en una entrevista a The New Yorker. Después apareció Elegía (2006). A partir de entonces la muerte se ha convertido en un elemento esencial de la trama. O mejor: se ha convertido en el último gran tema de Roth (Nueva Jersey, 1933) antes de emprender el viaje definitivo.

En principio la trama de Indignación es sencilla: Marcus Messner, el niño judío iluminado, el más inteligente del grupo, tiene un temperamento difícil. Es rebelde, pedante, intratable. Tiene la apariencia de una estrella de cine y también tiene muchos conflictos que trata de solucionar alejándose del mundo judío donde ha crecido. Desde luego, la idea es dejar atrás el pasado: las jornadas de trabajo en la carnicería de su padre, los paseos por las calles al final del día, la educación insustancial en Robert Treat, una pequeña universidad de Newark donde se inscribió para tratar de ser el primer miembro de su familia con una educación superior. “Me fui porque de repente mi padre ni siquiera creía en mi capacidad para cruzar la calle yo solo. Me marché porque la vigilancia de mi padre se había vuelto insoportable. La perspectiva de mi independencia hizo que aquel hombre, por lo demás moderado, a quien solo en raras ocasiones alguien conseguía sacar de sus casillas, pareciera resuelto a emplear la violencia si me atrevía a decepcionarlo, mientras que yo, con unas cualidades de persona lógica y juiciosa que me habían convertido en el pilar del equipo de debate en el instituto, me veía reducido a aullar de frustración ante su ignorancia e irracionalidad. Tenía que alejarme de él antes de matarlo: así se lo dije hecho una furia a mi consternada madre, quien ahora, inesperadamente, tenía tan poca influencia sobre él como yo”. Así, lejos de los enloquecidos sermones de su padre, lejos de sus creencias en desuso y del peligro de la Guerra de Corea, Marcus Messner tal vez podrá ser feliz.

Cuando se va de su casa sabe que lo único que le interesa es encontrar la perfección. De modo que se interna en las complejidades del mundo convencional donde los riesgos siempre son latentes, sobre todo a la hora de enfrentarse con ciertas muchachas perversas, expertas en el sexo, con las que sin duda no le importaría perder la virginidad. Claro que para llegar a esa instancia tendrá primero que aprender a desabotonar blusas. Y también a disfrutar de la fellatio que lleva a cabo con maestría Olivia Hutton, una de esas femme fatale que tanto aparecen y desaparecen en las novelas de Roth. No será una tarea sencilla. Pero Marcus Messner está bien preparado.

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