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Lenguas sinvergüenzas

Daniel Vega reseña Lenguanegra, un disco del grupo colombiano Parlantes

2010/03/15

Por Daniel Vega

¿A quién carajos se le ocurre hacer un disco así? Esta es la primera pregunta que surge cuando llega a nuestras manos Lenguanegra, una grabación que trasciende lo musical para convertirse en un objeto de colección. Hoy, cuando la música se diluye en la pantalla líquida del computador, es sorprendente que unos tipos tomen una decisión estética tan arriesgada en términos comerciales. De seguro algún personaje muy serio, versado en los vericuetos económicos del universo discográfico, les habrá dicho: “Déjense de pendejadas, se les va a quedar en las cajas”. Probablemente, es la lógica perversa de nuestros días. Lo cierto es que, a pesar de no tener inconvenientes con la piratería, los Parlantes saben muy bien para dónde va la cosa, tienen la certeza de que este es un disco para ver, escuchar y leer. Se necesita, entonces, tenerlo en las manos para palparlo y guardarlo en un lugar privilegiado de la discoteca. Seamos sinceros, esto, en términos de belleza y sensación, es muy difícil lograrlo con un archivo del computador.

Nacidos en Medellín, en medio de cantinas, barullos punketos, tangos descorazonados, humos prohibidos y ráfagas inmisericordes, estos siete parlantes se reunieron hace seis años cuando el pianista John Henao invitó a Camilo Suárez (ex vocalista de Bajo Tierra) para ensayar unas canciones sueltas de Planeta Rica, la banda que por esa época comandaba. Después de algunas sesiones, llegaron David Robledo (percusión), Alfonso Posada (ex baterista de Estados Alterados), Jaime Pulgarín (guitarrista que fue reemplazado por Jaime Villa, cerebro de Gordo´s Project), Pedro Villa (bajo) y Freddy Henao (teclados).

Así, sin pensarlo demasiado, curtieron un repertorio que daría vida a Parlantes (2006), debut de corte humorístico donde prefiguraron su predilección por el sucio sonido rocanrolero tan presente en Lenguanegra, placa más oscura y algo enigmática si tenemos en cuenta que las letras y la música nos remiten a lugares donde Willy (mordaz reminiscencia de Fausto, el loro que en la infancia de Fernando Vallejo despertaba a la familia con un locuaz “¡Todos hijueputas!”) parlotea elegías perdidas de conquistadores poetas (“Barranca”), la sonrisa vacía de una bailarina de porcelana (“Bailarina”), el desengaño del estilita Simón (“Simón del desierto”), el desconsolado epitafio de Villon (“Balada de los ahorcados”) y los amores, siempre los amores rotos, que aquí nos conmueven a través de la bellísima “Cuentagotas” y la soberbia versión dub de “Senderito de amor”, un vals original de Ventura Romero, infaltable en las faenas de cantina, sobre todo, si se tiene a la mano en voz de Pedro Infante, Julio Jaramillo o Lisandro Meza.

Allí, donde casi todos vociferan palabras necias, y de los altavoces rugen músicas que disimulan la infamia de la guerra, los Parlantes se despachan “Crónica de Indios” (sardónica puesta en escena de dos mafiosos de gafa negra) y “Huesos”, un tema donde detrás del riff bailable (algo funk y tropical), se esconden los escalofriantes llantos de unos huesos que reclaman justicia desde las fosas comunes: “El que nos ocultó/ Rueda por los campos el mismo rumor/ Vas a soñar con nuestras voces/ Rompecabezas de voces/ Que ruegan, maldicen, claman/ En la memoria, somos tesoro absurdo”.

Puesto en una caja que simula una maleta de viaje, el disco está acompañado por un librillo donde nos encontramos cuatro textos sugerentes de plumas afiladas (Pascual Gaviria, Fernando Mora, Juan Carlos Orrego e Ignacio Piedrahíta) y siete cuidadosas imágenes (óleos, ilustraciones, composiciones fotográficas y cómics) dentro de las que se destacan las viñetas de Álvaro Vélez (Truchafrita).

Hermanados en la distancia con el trabajo de Velandia y La Tigra y Meridian Brothers —los tres poseen el ingenio suficiente para hacernos perder la cabeza con bailes, letras y músicas dislocadas—, estos siete loros baten sus lenguas sinvergüenzas y rompen el silencio, justo en el lugar donde la palabra necesita desperezarse.

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