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La memoria inventada de la infancia

¿Cómo recordar la infancia? ¿Cómo contarla sin caer en los lugares comunes? En 'Juego de niños' el escritor Guido Tamayo esculca en la memoria para que el lector piense en su propia niñez a partir de la historia de una familia en la Bogotá de los años 60.

2016/02/28

Por Camilo Hoyos

Embarcarse en una novela que supone visitar episodios de la vida de la infancia nunca es una tarea fácil. En los casos en los que el novelista se embarca con el mayor facilismo, se cae en unos desastres de cursilería que, por demás, delatan que desde la edad adulta se ve y confía la niñez como eso, como un asunto de niños. Así es que, por lo general, muchos escritores de literatura juvenil, por ejemplo, pretenden que el registro adecuado para su público se base en la construcción fácil, en la comida rápida narrativa que de manera alguna logra retar a su público lector. Y luego otros novelistas que dirigen sus obras a un público adulto cometen peores adulterios, al pretender que el ejercicio de la memoria desde la edad adulta dirigida a la edad infantil no puede sobrepasar en momento alguno los grandes problemas de la vida, como lo son el recuerdo, la historia y la imaginación.

¿Cómo trasladar el punto de vista narrativo a un momento de percepción de la realidad sin que este caiga en los facilismos de la escritura, en la morriña del recuerdo, o acaso en la nostalgia que se basa únicamente en serlo por ser un tiempo pasado? ¿Cómo sobrepasar el juicio fácil sobre la infancia?

Cuando desde la edad adulta se recuerda la infancia, y sobre todo se recuerda o se juega a recordarla para poder así crear una novela sobre el recuerdo y la memoria, se llega siempre a la misma conclusión: los recuerdos no son más que un relato inventado, organizado según los caprichos de la memoria, que resulta tan poco confiable como el historiador fanático que pretende escribir con sangre la historia de un país.

¿Quién en la edad adulta no ha caído en la cuenta, en algún momento, de que ese episodio que recordaba de su niñez nunca ocurrió como tal, sino que fueron las florituras de la memoria y las inercias de la comodidad las que terminaron organizándolo de tal o cual manera? ¿Quién, en la edad adulta, no ha rechazado la posibilidad de recordar, por el mero miedo de tener que comprender, ahora sí, aquello que en su momento no fue comprendido? ¿Cuántos de nosotros nos hemos dado a la tarea de recordar nuestra niñez, ahora sí con nombres propios de acciones (sadismo, bullying, humillación, tortura psicológica, etc.), y hemos caído en el terror de recordar tal o cual cosa?

La novela de Guido Tamayo, Juego de niños, cuenta con todo esto y más. Se trata de la historia recordada por los hermanos de una familia, especialmente del hermano Miguel, en la que se propone, como lo vienen haciendo todos los años, recordar a su medio hermano Fernando, un extraño niño-hombre con una enfermedad que nunca es dicha (los niños no tienen por qué saber el nombre), pero que sin embargo cuenta con el don de la lexicografía al ser un obsesivo de los diccionarios y de los crucigramas. Las palabras, pues, ayudan tanto al hermano novelista a recordar a su hermano enfermo, como entonces ayudaron al enfermo a comprender su propio mundo extraño.

Es imposible ignorar que mientras se lee la corta novela de Tamayo (género poco visitado y menos valorado por el público, pero que de entrada ya resulta interesante por su capacidad de síntesis) el lector visitará su propia infancia, y logrará reconocer, posiblemente, esos momentos de la suya en las que el miedo y la ingenuidad moral prevalecieron por encima de las relaciones sociales. En una Bogotá de los sesenta, y sobre todo recobrando una infancia acontecida por los personajes en el barrio de La Soledad, la novela visita esos componentes fundamentales de cualquier crecimiento: el deseo sexual, la atracción por el matoneo masculino, el coqueteo con los valores morales y, por último, la comprensión del mundo con las herramientas apenas primordiales para hacerlo. Es en la conjunción de todos estos componentes que aparece el juego máximo de la niñez, que es el de comprender la muerte. Este caso, como muchos otros bien llevados, nos lleva a reflexionar en torno a nuestra propia y frágil memoria.

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