La Cantina entre copa y copa

Lila Downs, o la terapia de la cantina

María del Rosario Aguilar reseña La cantina entre copa y copa, último disco de Lila Downs

2010/03/15

Por María del Rosario Aguilar P.

El nuevo disco de Lila Downs, mestiza y desgarradora, anuncia desde su título, La cantina... Entre copa y copa, lo que puede ser para quien lo escucha: un verdadero bálsamo para los pesares y el desamor. En una entrevista concedida hace poco, Downs anotaba que la cantina es una espacio por donde hombres y mujeres transitan para “ahogar sus penas de amor”. Las canciones elegidas evocan con toda intensidad el sentimiento devastador que produce un desamor; sin embargo, el disco sirve para exorcizar los pesares, esos que invariablemente recalan en el alma. Más todavía si se escucha “tequiliando”.

La selección de los temas es impecable. Algunos son clásicos de la música ranchera como “Penas en el alma”, “Pa’ todo el año” (en una magnífica versión), “Tú recuerdo y yo” –en donde mezcla instrumentos electrónicos y hip-hop–, y “Entre copa y copa”. Otros son compuestos por la misma Downs como “La cumbia del mole” y “El corrido de Tacha La Teibolera”. Interpretaciones muy modernas con arreglos tecno, electrónicos y algo de rock caracterizan las versiones de estas rancheras, que le dan una variación a un género cantado usualmente de manera acústica y con mariachi.

Downs es dueña de una voz privilegiada e impecable, que le permite cantar con la misma intensidad rancheras, corridos, boleros y cantos tradicionales mexicanos. Si los tres últimos los había explorado en sus producciones anteriores, en La cantina... la ranchera se muestra en todo su esplendor. Es claro que la intención de la cantante es reivindicar y reinventar un género que para muchos es solo “música de borrachos”, pero que, en la recuperación de lo mexicano que Downs había venido haciendo a lo largo de su carrera, se convierte en poesía. En la misma poesía que la acompañó en su infancia, cuando escuchaba a su madre interpretar las composiciones de José Alfredo Jiménez o Luis Aguilar. De hecho fue su madre, Anita la Tacha, quien le pidió que si iba a cantar, y sobre todo este género, lo hiciera con sentimiento, porque la ranchera es “la poesía mexicana”.

Ese disco también hace parte del proceso de reafirmación de la identidad de la cantante y de la aceptación de su condición mestiza. Nacida en Oaxaca e hija de una indígena mixteca y de un cineasta y pintor norteamericano, Lila Downs ha buscado su camino y su verdadera esencia en esa mezcla particular que le era difícil de asumir y que la ha llevado a reinventar la música tradicional mexicana. Ella misma ha confesado que durante muchos años le había costado moverse entre sus dos realidades: las montañas de la Sierra Madre de Oaxaca y Estados Unidos. Dos realidades y dos tradiciones que influyen decisivamente en su manera de componer y cantar, pues, de un lado, las montañas de Oaxaca la sumergen en la espiritualidad de los pueblos indígenas prehispánicos (así se evidencia en otro de sus discos –probablemente uno de los más bellos–, Yuyu Tata/El árbol de la vida, que está inspirado en los códices mixtecos y en donde Downs canta en castellano, maya y zapoteca) y, de otro lado, la cultura norteamericana que la acerca al jazz y al blues, al hip-hop, como reflejan La Línea/Border y Una sangre/One Blood, disco por el que recibió el Premio Folk en los Grammy-Latinos en 2005.

Como si fuera una encarnación de la Malinche, Lila Downs embriaga con su voz. Una voz que en esta producción se expande en toda su dimensión y que muestra con toda claridad que su dueña ya sabe quién es. Por eso, La cantina... es un disco impresionante, único, imperdible.

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