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¿Literatura cubista?

Alexander Cuadros reseña Divisadero, la quinta novela de Michael Ondaatje

2010/07/28

Por Alexander Cuadros

Aunque Michael Ondaatje sea conocido sobre todo por la adaptación al cine de su novela El paciente inglés (1992), su narrativa poco tiene que ver con esa película tradicional y directa. Él muestra en cambio un pleno desdén hacia la tradición narrativa; Ondaatje ha dicho que “el estado perfecto de la novela” es más bien “cubista”. Esto quiere decir, para él, que un argumento no tiene que ser cronológico, que sus hilos no tienen que buscar los otros hilos, que la perspectiva puede ser múltiple sin suponer ninguna contradicción. (Escribió una vez: “La primera oración de cualquier novela debería ser: Confía en mí, esto se demorará pero aquí hay un orden, muy tenue, muy humano.”) Su quinta novela, Divisadero, sigue en esta tradición de mosaico de escenas e imágenes y situaciones.

En la primera parte, en una finca en California, un padre cría a dos hijas, Anna (biológica) y Claire (adoptada), y de cierta forma a otro chico, Coop, cuya familia fue asesinada en una finca cercana. A los 16 años, Anna empieza una relación con Coop, y cuando un día su padre los descubre in flagrante delicto, este le da una paliza a Coop casi hasta matarlo. Anna se escapa, Coop hace lo mismo, y nunca más se vuelven a ver; Claire decide quedarse. Quince años más tarde, Claire trabaja con un abogado defensor público en San Francisco, Coop es jugador profesional de póquer en Nevada, y Anna es académica literaria que investiga la obra de Lucien Segura, un escritor francés, en una antigua casa de la Francia rural. Aunque la historia de Claire casi no existe y la de Anna se asemeja a la cursi película Bajo el sol de Toscana, la peor es la de Coop: rebosada de clichés y diálogos poco creíbles parece plagiada de una mala novela policíaca que lleva años acumulando polvo en algún pulguero perdido.

Anna nos dice: “Procedo de Divisadero Street, relacionada con la palabra española división, la calle que en otro tiempo era la línea divisoria entre San Francisco y los campos del Presidio. O quizá venga de la palabra divisar, ver desde lejos”. Aunque para los lectores hispanohablantes la primera parte de esta etimología no resultará perfecta, de esta forma el título —que en ningún otro momento del libro reaparece— sirve como excusa para pegar dos novelas distintas y fingir que son una sola. Después de hacer malabarismos con tres historias incompletas durante medio libro, las deja a un lado para sumergirse en la vida de Lucien Segura. Como en el caso de Coop, es en gran parte un conjunto de clichés: la de un estilo de vida olvidado, la de una visión empalagosa de la Francia de principios del siglo XX, la de una forma de amar que solo se vive en novelas, o películas, o sueños de adolescentes. La historia carece totalmente de humor. Para un escritor que tanto quiere luchar contra las convenciones estilísticas, Ondaatje tiene una imaginación muy convencional.

El autor también se traiciona. Incluso si nos dejamos seguir sus reglas, disfrutando solo de los cuadros que pinta —y esto sí en un lenguaje suntuoso, aunque a veces la traducción lo oculta— Ondaatje mismo deja de creer en su juego. En las últimas páginas, como en presa de un pánico no percibido, tuerce y acomoda las pequeñas resonancias entre la historia de Segura y la de Anna, Claire y Coop: “Con el recuerdo, con el reflejo de un eco, se abre una puerta en dos direcciones.... Y así encuentro yo las vidas de Coop y de mi hermana y de mi padres por todas partes”. La labor de encontrarlos ahí, sin embargo, corresponde más al detective que al lector.

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