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Lo que por agua viene...

Juan Guillermo Ramírez hace una reseña de Soñar no cuesta nada, película colombiana dirigida por Rodrigo Triana

2010/02/09

Por Juan Guillermo Ramírez

¿Por qué la mayoría de las películas basadas en historias o sucesos de la vida real se parecen todas entre sí? Da lo mismo que sean dramas psicológicos con personajes atormentados carentes de futuro, que sean catástrofes naturales o no, conflictos sociales contemporáneos como el de los desplazados, retratos humanos o historias familiares de barrio.

Esta introducción podría estar dirigida a cualquier película, pero en el caso específico de Soñar no cuesta nada, realizada por Rodrigo Triana, el mismo de Como el gato y el ratón (2002), el personaje principal no es una persona, es un batallón, el de la compañía contraguerrilla Destroyer.

La historia que cuenta es un largo paréntesis de un flashback. Historia sencilla y lineal, sin sobresaltos para el espectador, con muy buena factura técnica, un montaje limpio y transparente, una fotografía cuidada y limpia, una actuación mesurada y una música que sin saturar ni volverse reiterativa, acompaña de manera coherente lo que se está viendo. Con un tono de crónica filmada, se relata cómo este pelotón descubre en la selva una caleta enterrada de las FARC con más de cuarenta y seis millones de dólares. Más que una interpretación, es una mímesis; un encantamiento que, lentamente, va seduciendo al espectador. Porque la película es previsible. Se sabe que encontraron una guaca, se sabe que se la fueron gastando escandalosamente, se sabe que los atrapan, se sabe que no fueron discretos con ese delirio, se sabe que por una mujer todo ese dinero, ese sueño y esa película terminan.

Soñar no cuesta nada no señala culpables, no elabora discursos de justicia, no se compromete con nada ni con nadie; simplemente deja el goce para la diversión, para el entretenimiento. Tanto para los soldados como para el público. Divierte, como lo hacen también los personajes del batallón y en particular los “lanzas” Porras, Venegas, Lloreda y Perlaza, los que van creciendo a lo largo de la historia con sus conflictos morales y de aparente justicia.

En este caso, la película brinda un apasionante, entretenido y divertido juego de espejos entre la realidad y la ficción. Envuelve el imaginario del público en ese sueño de ser millonario para gastar, para enamorar o para asegurar un futuro. Además presenta las características de una película que atrapa al espectador: historia sencilla, personajes que se desarrollan al paso de los minutos, las acciones y conflictos que se suceden in crescendo hasta llegar a sus resoluciones evidentes como sucede en toda película de aventuras. Por supuesto no podía estar ausente la presencia de mujeres provocadoras como Verónica Orozco, la que le da el tinte erótico, el matiz seductor y al mismo tiempo es la articuladora de una historia paralela sentimental y romántica. La otra presencia femenina es la esposa de un lanza desertor que con su hija viaja a encontrar esa guaca “negada”, mientras lee (en voz en off) la romántica carta que le mandó su esposo.

Existen películas que despiertan más simpatía personal que una adhesión por sus méritos artísticos. En este caso, estas dos características van de la mano. La aventura y la risa son los elementos que palpitan en la estructura narrativa del guión, un guión que se articula con el humor negro y personal del que lo escribe: Jörg Hiller (el mismo creador de Cómo el gato y el ratón y de los cortometrajes La taza de té de papá y En arriendo). Una variante temática que sin caer en el populismo televisivo de las que realiza, produce y escribe Dago García, le ofrece el cine colombiano a un público que sólo quiere pasar un rato de entretención.

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