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Lolita coreana

Nicolás Mendoza reseña El Arco dirigida por Kim Ki Duk

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

El amor poderoso e imposible entre un viejo y una niña es siempre una situación extrema que juega al filo del reglamento de nuestra cultura. La pedofilia, aparte de ser una palabra horrorosa, es un delito tan reprobable que quienes son condenados por cometerlo suelen requerir protección especial en la cárcel. Sin embargo, para el arte, ha encerrado algo de infinita nostalgia, y ha sido tan romántico como mil Ofelias ahogándose en un río. Vladimir Nabokov contó la historia en su novela Lolita y desde entonces basta mencionar ese nombre para evocar el amor prohibido y la esencia demoníaca que tienen algunas niñas desde los doce años.

Al ver El Arco uno se da cuenta de que acaba de ver la historia de Lolita, solo que con un Humbert silencioso (Seong-hwang Jeon), y con una Lolita también muda (Yeo-reum Han), enmarcada en el escenario de un barco viejo y solitario en el mar coreano. Y sin tantas idas y vueltas en el argumento. Kim Ki-Duk va directo al grano. Su logro es precisamente ese: contar con precisión y con pocos elementos un tema tan complejo.

En El Arco se violan con valentía las convenciones que hacen predecible el cine actual. Toda la película se desarrolla en un barco al que llegan cotidianamente visitantes que se sientan en unas poltronas viejas a pescar. En el primer acto vemos un par de incidentes con visitantes que intentan profanar la belleza de la Lolita coreana. Lo interesante es pensar lo fácil que hubiera sido desviar la película tratando de entretenernos con una secuencia de golpes, o usar a los visitantes como un recurso fácil para hacer avanzar el argumento. Nada de esto ocurre. La niña se convierte en heroína por un instante y entendemos que es un personaje autónomo con la fuerza de una nínfula de doce años.

Esa misma nínfula nos revela toda su fuerza en una de las escenas en las que, sola en el barco, se mide su vestido de novia. Es un vestido deslumbrante. Mira el horizonte y suena la música que es a la vez nostálgica y alegre: la música que toca el viejo con su arco. Tiene puestos los audífonos que le regaló su pretendiente joven, y la cámara nos muestra que no están conectados a nada. Hay que verla para entender que en una sola imagen Kim Ki-Duk condensa toda la tensión que contiene el relato, y de paso se traslucen los encantos y las decepciones del mundo contemporáneo.

La música es uno de los puntos fuertes de la película, pero a la vez puede ser su peor defecto. La música, en sí, es hermosa. El problema es que el director trató de hacernos creer que, a veces, esa melodía rica y profunda proviene del raquítico arco que el viejo se sienta a tocar en el mástil del barco cuando se siente inspirado. El recurso puede tener buenas intenciones, pero se nota falso y tiene la propiedad de recordarnos que estamos viendo una película y no viviendo en el mar del Lejano Oriente.

La actuación de los personajes secundarios en tan mala que parece intencional, parecen caricaturas, como si quisieran hacernos entender que todo lo ajeno a los protagonistas es irreal y ridículo. Algo similar ocurre con la coherencia de ciertas situaciones: nadie se molesta en rescatar a la niña cautiva y descaradamente visible a los visitantes. Sin embargo El Arco no tiene la necesidad de ser siempre coherente, y menos cuando se trata de asuntos como la autoridad, la ley o la física. Se trata de otra cosa, de construir un minucioso paisaje sentimental donde una cuerda, por ejemplo, se convierte de manera literal en el lazo que simultáneamente ahoga al uno y retiene al otro. Sin ser perfecta, El Arco es una película con la fuerza suficiente para quedarse rondando la mente, como la niña raptada que merodea el barco sin dejar de sonreír.

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