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Los adioses

Santiago Espinosa reseña Testamentos, el último poemario de Juan Manuel Roca

2010/06/30

Por Santiago Espinosa

El poeta norteamericano Edgar Lee Mastersnos deja un legado muy ingenioso: su libro, más que una colección de personajes o situaciones, es una enorme antología de epitafios; los últimos testimonios de un pueblo fantasma a orillas del Spoon River. Allí el poeta se despide, uno a uno, de sus amigos reales o imaginarios. Spoon River, otra Comala imaginada, es el testamento del propio Masters.

El último poemario de Juan Manuel Roca, publicado por Norma hace unas semanas, sigue la línea poética de Masters: cada poema es un testamento, las últimas imágenes de un mundo que se extingue. Roca, tras cuatro años de silencio, nos muestra una poesía reflexiva, profunda, pero que tiene a la sencillez como máximo mérito. Nos confirma por qué es hoy uno de los poetas más traducidos y comentados de la lengua española.

La primera parte del libro, El silencio de Sherezade, es como recorrer las estancias de un museo imaginario. El poeta nos lleva por sus pasillos, nos muestra los mejores momentos de una memoria. Su tono nos recuerda al que agoniza, y evoca una secuencia que corre, cuadro a cuadro, en un lento conteo regresivo. Por esa secuencia pasan los sueños, la noche, los pintores, la imagen inquietante de Nadie, y todos lo tópicos más recurrentes de la poesía de Roca. Para sus lectores habituales, leerlo es recapitular su propia obra, esa continuidad de temas y obsesiones que lo han acompañado desde su primer libro. Para el que no lo conozca y sea este libro su primer encuentro, basta con poemas como Canción Solar, Música de Cámara o El tren de medianoche para sentir que entre las páginas y el lector ya existe toda una vida de camino.

Hay en estos poemas una atmósfera de viaje que es muy propia de ciudades donde la gente “vuelve a casa a bordo de gabardinas o autobuses”, de trenes desvencijados y paisajes de sueño. Pero también hay, y quizá sea este el mayor logro del libro, un caso extraordinario donde la imaginación de un poeta coincide con el imaginario de todo un país. Con una tierra de hilanderas, tranvías en llamas “y hojas de plátano manchadas de rojo”. Ya lo decía Óscar Collazos a propósito de Roca: “Algo hay en el interior de esa poesía que atrapa la sensibilidad de un época”.

Quien escribe un testamento ante la cercanía de la muerte, solo nos deja lo que es realmente necesario, las palabras que había que decir, ni una más y ni una menos. De ahí que esta poesía, como la buena escultura, solo le roba al vacío los espacios justos, sabe que es más importante el silencio que las propias palabras. Quizás a esto se deba la elección de la prosa sobre el verso —nada tan modesto—, y que, por eso, refleje el mismo grado de honestidad.

Para la segunda parte del libro, Roca nos presenta un rosario de testamentos: Rimbaud, Buenaventura Durruti, Zorba el griego, Pedro Páramo y otros treinta personajes que se atrevieron a afirmar la libertad de la imaginación son despedidos por el poeta, como quien al pensar en la muerte sabe que tiene que decirles adiós a sus amigos, al catálogo personal de sus fantasmas literarios. Aquí el poeta oficia como un fabricante de máscaras, y esconde sus obsesiones tras la vida de los otros.

Libro de adioses, de testamentos literarios. Si vemos la literatura como una continuación de Las mil y una noches, como agregarles otro relato a los relatos, pensar en la muerte implicaría El silencio de Sherezade. “Imaginación, mi niño”, decía René Char, si calla Sherezade algo del niño que hay en todos callaría con ella. De ahí que este libro, testamento de un poeta maduro, sea también un testamento a la literatura, una celebración de la infancia.

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